—¿Qué queréis decir?—replicó vivamente Godfrey.

—¿Cómo? ¿No ha vuelto todavía a su casa?—dijo Bryce sorprendido.

—¿A casa? no. ¿Qué ha sucedido? Hablad pronto. ¿Qué hizo de mi caballo?

—¡Ah! bien pensaba yo que era siempre vuestro, bien que él dijera que se lo habíais cedido.

—¿Lo hizo rodar y lo mancó?—dijo Godfrey, rojo de cólera.

—Peor todavía—dijo Bryce—. Imaginaos que yo me había comprometido a comprarle el caballo por ciento veinte libras esterlinas, un precio loco, pero siempre me había gustado ese caballo. ¡Y no va y lo ensarta! ¡Precipitarse por encima de una cerca en que había postes de hierro, en la cima de su talud que tenía un foso delante! Hacía mucho tiempo que el caballo estaba muerto cuando se lo descubrió. Desde entonces Dunsey no ha vuelto a la casa, ¿verdad?

—¿A casa? no—replicó Godfrey—, y haría bien en no volver. ¡Qué imbécil soy, me lleve el diablo! Debiera de haber sabido que las cosas iban a concluir así.

—Pues bien, para deciros la verdad—continuó Bryce—, después de cerrado el trato se me ocurrió la idea de que vuestro hermano había podido montar el caballo para venderlo sin que vos lo supierais, porque no creí que fuera suyo. Yo sabía que maese Dunsey hacía de las suyas algunas veces. Pero, ¿adónde puede haber ido? No se lo ha vuelto a ver en Batterley. No se debe haber hecho daño, porque no tenía más remedio que marcharse a pie.

—¿Daño?—dijo Godfrey amargamente.—Jamás se hará daño; ha nacido para hacerlo a los demás.

—¿Y vos lo habíais autorizado realmente para vender el caballo?—preguntó Bryce.