—Sí, quería deshacerme de él; siempre tuvo la boca algo dura para mí—respondió Godfrey, cuyo orgullo se sobresaltaba al pensar que Bryce adivinaba que la necesidad lo había obligado a separarse de su montura—. Iba a ver qué ha sido de Relámpago; me imaginaba que había sucedido alguna desgracia. Ahora voy a retroceder—agregó, haciendo volver la cabeza al caballo, con el deseo de poder librarse de Bryce, porque comprendía que la gran crisis de su vida, crisis tanto tiempo tornada, estaba próxima—. Venís a Raveloe, ¿verdad?

—No, ahora no—dijo Bryce—. Dirigiéndome a Flitton hice esta vuelta con la idea de que no sería malo que entrara de paso en vuestra casa, para deciros todo lo que sabía respecto al caballo. Supongo que maese Dunsey no ha querido mostrarse antes de que la mala noticia se hubiera disipado un poco. Quizá haya ido a hacerle una visita a la posada de las Tres Coronas, cerca de Whithbridge; sé que le gusta esa casa.

—Es muy posible—dijo Godfrey distraídamente.

Después, sacudiendo su preocupación, agregó, esforzándose por mostrarse indiferente:

—Hemos de oír hablar de él muy luego, podéis estar seguro.

—Bueno, éste es mi camino—dijo Bryce, sin que lo sorprendiera ver que Godfrey estaba bastante abatido—. Bueno, me despido haciendo votos porque pueda traeros mejores noticias otra vez.

Godfrey puso su caballo al paso. Se imaginaba la escena en que tendría que confesárselo todo a su padre, escena que comprendía era ya inevitable. Tenía que hacer la revelación relativa al dinero al otro día por la mañana. Suponiendo que ocultara el resto, como Dunstan no tardaría en volver, si éste se veía obligado a soportar la violencia de la cólera del padre, lo contaría todo por despecho, aunque no sacara de eso ningún provecho.

Existía todavía otro medio para conseguir el silencio de Dunstan y aplazar el mal día: Godfrey podía decirle a su padre que él mismo había gastado el dinero que le había entregado Fowler. Como nunca había cometido semejante falta, el asunto se disiparía después de un poco de tormenta. Pero era incapaz de resolverse a eso. Comprendía que al darle el dinero a Dunstan había cometido un abuso de confianza apenas menos culpable que el de haber gastado él mismo el dinero en su provecho... Sin embargo, había entre esos dos actos una diferencia que le hacía ver al segundo como tan odioso, que la idea de acusarse de él era insoportable.

—No pretendo ser irreprochable—se decía—; pero, sin embargo, no soy un pillo; por lo menos estoy resuelto a contenerme. Prefiero soportar las consecuencias de mi propia conducta y no hacer creer que soy el autor de un acto que nunca habría cometido. Jamás se me hubiera ocurrido gastar ese dinero para divertirme... sólo cedí a una tortura.

Durante todo el resto del día, Godfrey, salvo algunas fluctuaciones accidentales, permaneció firmemente resuelto a confesárselo todo al padre y aplazó la historia de la pérdida de Relámpago hasta el día siguiente, a fin de que sirviera de introducción a un asunto más importante. El viejo squire estaba acostumbrado a ver qué Dunstan se ausentara con frecuencia de la casa; así es que no pensó que valiera la pena de hacer una observación respecto de la desaparición de su hijo y de la del caballo.