Al entrar en la pieza, echó una mirada sobre su hijo y le dijo:
—¡Cómo es eso, señor! ¿Tampoco vos habéis almorzado?
No cambiaron ninguno de esos saludos amables de la mañana, no porque hubiera entre ellos alguna enemistad, sino porque la flor suave de la cortesía no prosperaba en residencias como la Casa Roja.
—Sí, mi padre, he almorzado; pero os esperaba para hablaros.
—¡Ah! bueno—repuso el squire, dejándose caer pesadamente en su sillón y hablando con una voz pesada y catarrienta, lo que era considerado en Raveloe como una especie de privilegio de su rango, mientras cortaba un trozo del buey y se lo daba al perro corredor que había entrado con él—. Llamad para que me traigan mi cerveza, ¿queréis? Los negocios de vosotros los jóvenes son generalmente vuestros placeres personales; pero, si vosotros tenéis prisa por realizarlos, a los demás no les pasa otro tanto.
La vida del squire era tan ociosa como la de sus hijos; sin embargo, era una ficción mantenida por él y su contemporáneos en Raveloe que la juventud era exclusivamente el período de la locura y que su vieja cordura era un espacio continuo de sufrimiento que el sarcasmo dulcificaba. Antes de volver a hablar, Godfrey esperó que la cerveza fuera servida y la puerta vuelta a cerrar. Durante este tiempo, rápido el perro corredor consumió tajadas del buey en cantidad suficiente como para formar la comida de un pobre en día de fiesta.
—Ha ocurrido un maldito accidente con Relámpago—comenzó diciendo—; sucedió anteayer.
—¡Cómo! ¿Se ha mancado?—dijo el squire, después de beber un trago de cerveza—. Pensaba que sabíais montar mejor, señor. Jamás he estropeado un caballo en mi vida. Si lo hubiese hecho, en balde hubiera pedido otro, porque mi padre no estaba tan dispuesto para desatar los cordones de su bolsa como otros padres que yo conozco. Pero es preciso que éstos cambien de tono, es imprescindible. A causa de las hipotecas y de los pagos retrasados, estoy tan falto de dinero como un mendigo. Y ese tonto de Kimble dice que los diarios hablan de pago. Si eso sucediera, el país no podría sostenerse: los precios se vienen abajo como las pesas de un asador, y jamás conseguiré que se me paguen los atrasos, ni aunque haga vender todo lo que esos individuos poseen. Y ese maldito Fowler... no quiero tolerar más tiempo su morosidad; le he dicho a Winthrop que vaya hoy mismo a verlo a Cosc. Ese bribón mentiroso me prometió entregarme sin falta el mes pasado cien libras esterlinas. Se aprovecha de que ocupa una granja apartada y piensa que lo voy a perder de vista.
El squire acabó de despachar su discurso tosiendo e interrumpiéndose; pero, sin embargo, sin hacer pausas bastante largas que pudiesen servirle de pretexto a Godfrey para volver a hablar. Este vio que su padre tenía la intención de eludir todo pedido pecuniario motivado por la desgracia ocurrida a Relámpago. Además adivinó que el tono de insistencia empleado por el squire al hablar del poco dinero de que disponía y de los deudores morosos debía de producir en su espíritu la disposición menos favorable para escuchar las confesiones de su hijo. Sin embargo, era preciso que prosiguiera ahora que había comenzado.
—Es algo más grave; el caballo se ensartó en un poste y se mató—dijo en seguida que su padre se detuvo y comenzó a comer—. Pero no tenía la intención de pediros que me comprarais otro; sólo pensaba en que no me sería posible reembolsaros con el precio de Relámpago como me proponía. Dunsey lo llevó a una cacería para venderlo, y después de haber cerrado el trato con Bryce por ciento veinte libras esterlinas, siguió la traílla y dio algunos saltos insensatos, uno de los cuales despachó al caballo. Sin esa circunstancia, os hubiera entregado cien libras esterlinas esta mañana.