—Sí, la verdad es que las habéis podido leer fácilmente—dijo Dolly—. Ben me la ha leído muchas veces, pero se me van de la cabeza. Es tanto más sensible cuanto que son buenas letras; de otro modo no estarían en la iglesia. Por eso las pongo en todos los panes y en todos los bizcochos, bien que a veces se borran porque la masa crece, porque, como decía, si podemos conseguir algún bien lo necesitamos en este mundo, os lo aseguro. Espero que os lo proporcionarán, maese Marner. Es con esa intención que os he traído los bizcochos, y ya veis que las letras han salido mejor que de costumbre.

Silas era tan incapaz de interpretar las letras como Dolly; sin embargo, no era posible, al oír las dulces palabras de la señora Winthrop, equivocarse sobre el deseo que tenía de hacer un bien. Respondió, pues, con más sentimiento que antes:

—Gracias, gracias de todo corazón.

Sin embargo, puso a un lado los bizcochos y se sentó distraídamente triste e inconsciente del bien que pudieran hacerle los bizcochos, las letras y hasta la bondad de Dolly.

—¡Ah! Si hay un bien en algo, lo necesitamos—repitió Dolly, que no abandonaba fácilmente una frase útil.

Y continuó hablando mientras miraba a Silas con compasión:

—¿Pero no oísteis las campanas de la iglesia esta mañana, maese Marner? ¿Conque ignorabais que hoy es domingo? Viviendo aquí tan solitario os olvidáis del día que es, me parece; además, con el ruido del telar, no oís las campanas, que, por otra parte, ahora sofoca el aire frío y húmedo que reina.

—Sí, sí, las he oído—respondió Silas, para quien el sonido de las campanas era un simple incidente que no tenía ninguna relación con la santidad del día. No había campanas en el Patio de la Linterna.

—¡Dios mío!—dijo Dolly, deteniéndose antes de seguir hablando—. Es lástima que trabajéis el domingo y que no cuidéis vuestro traje, aunque no vayáis a la iglesia. Si tuvieseis un asado al fuego se comprendería que no pudierais salir, viviendo solo. Pero el horno está ahí cerca. No tendríais más que resolveros a gastar de cuando en cuando una moneda de cuatro peniques para que os asaran la carne, no todas las semanas, por supuesto; a mí mismo no me agradaría eso. Podríais vos mismo llevar vuestra pequeña cena a cocer, porque es razonable tener algún trozo de algo caliente el domingo. Deberíais de tratar que la comida de ese día no fuera igual a la del sábado. Pero ahora se acerca la Navidad, el santo día de Navidad, y si llevarais a asar vuestra cena y si fuéseis a la iglesia para verla adornada con muérdago y follaje, oír el oficio y comulgar en seguida, os sentiríais mucho mejor. Sabríais a qué ateneros y podríais poner vuestra confianza en Aquel que sabe más que nosotros, puesto que habríais cumplido con lo que es el deber de todos.

Esta larga exhortación de todos, que le había costado un extraordinario esfuerzo de palabras, fue pronunciada con el tono dulce y persuasivo con que se trata de conseguir que un enfermo tome su medicina o una taza de caldo que le inspirara repugnancia. Hasta entonces Silas no había sufrido presión tan directamente a propósito de su ausencia de la iglesia. El hecho había sido considerado simplemente como un rasgo del carácter general de su naturaleza extraña, y Marner era demasiado franco y sencillo para eludir el llamamiento de Dolly.