—No, no—dijo—. Yo no sé nada de la iglesia. Nunca he ido a la iglesia.

—¡Nunca!—repuso Dolly, con el tono quedo de la sorpresa.

Entonces, recordando que Silas procedía de un país desconocido, agregó:

—¿Será porque no había iglesia en el país en que nacisteis?

—¡Oh, sí!—dijo Silas con aire meditativo, sentado, según su costumbre, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos—. Había iglesia, había costumbres. Era una gran ciudad, pero yo no las conozco; siempre iba a la capilla.

Dolly, muy perpleja al oír aquella expresión nueva, no se atrevió a llevar más lejos sus preguntas por temor de que la palabra capilla significara algún antro de maldad. Después de un instante de reflexión, dijo:

—Pues bien, maese Marner, nunca es demasiado tarde para cambiar de conducta. Si nunca habéis frecuentado la iglesia, no os imagináis el inmenso bien que os haría el ir a ella. Yo me siento más a mi gusto y más feliz que nunca cuando voy a oír las oraciones y los cánticos en homenaje y gloria de Dios, que el señor Macey entona, y las buenas palabras que pronuncia el señor Crackenthorp, principalmente los días de comunión. Si me ocurre alguna contrariedad siento que la puedo soportar, porque he ido a buscar ayuda donde debía. Yo me he abandonado a Aquel a quien debemos todos abandonarnos en fin, y si hemos hecho nuestro deber, no hay que creer que Aquel que está allá arriba vale menos que nosotros y no hará el suyo.

La exposición que hizo la pobre Dolly de la sencilla teología de Raveloe hirió los oídos de Silas sin que entendiera palabra; en efecto, ninguna de aquellas frases podía evocar un recuerdo de la religión que había practicado, y su espíritu quedaba del todo desconcertado. Marner permaneció silencioso. No se sentía dispuesto a dar su asentimiento a la parte del discurso que comprendía por completo: la recomendación de ir a la iglesia. En verdad, Silas estaba tan poco acostumbrado a hablar, excepto para hacer preguntas y dar las respuestas breves indispensables para la negociación de sus pequeños negocios, que las palabras no se le ocurrían con facilidad si no eran solicitadas por un objeto determinado.

Pero ahora el pequeño Aarón, que se había acostumbrado a la presencia del terrible tejedor, se había colocado junto a su madre, y Silas, pareciendo verlo por primera vez, trató de rehuír las muestras de bondad de Dolly ofreciéndole al niño una parte de los bizcochos. Aarón retrocedió un poco y se frotó la cabeza contra el hombro de su madre. Sin embargo, pensó que el bizcocho valía la pena que se extendiera la mano para obtenerlo.

—¡Ah! ¡Aarón!—dijo Dolly tomándolo sobre las rodillas—; no necesitáis comer bizcochos por ahora. Tiene un apetito maravilloso—agregó con un ligero suspiro—, maravilloso, Dios lo sabe. Es el menor y lo mimamos de un modo deplorable; porque ya sea yo, ya sea su padre, es preciso absolutamente que uno de los dos lo tenga bajo sus ojos, absolutamente.