Hasta aquí el squire no había dado la bienvenida de un modo señalado más que a los jefes de familia a su llegada; pero siempre, a medida que avanzaba la tarde, su hospitalidad irradiaba con más amplitud, hasta que golpeaba las espaldas de los invitados más jóvenes y manifestaba la particular satisfacción que le proporcionaba su presencia. Creía firmemente que éstos debían de sentirse dichosos de vivir en una parroquia que contaba con un hombre tan cordial como el squire Cass que los invitaba a su casa y los quería bien. Aun en aquella primera fase de su humor jovial era natural que deseara suplir las imperfecciones de su hijo mirando y hablando por él.

—Sí, sí—comenzó a decir, presentando su tabaquera al señor Lammeter, que por segunda vez inclinó la cabeza e hizo seña con la mano para rechazar obstinadamente el ofrecimiento del squire—, sí, nosotros los viejos bien podemos desear ser jóvenes esta noche al ver el ramo de muérdago suspendido, en el salón blanco. Es cierto que la mayor parte de las cosas han retrogradado en estos últimos treinta años. El país periclita desde que nuestro rey Jorge III cayó enfermo. Pero cuando miro a la señorita Nancy, aquí presente, comienzo a creer que las jóvenes conservan sus encantos. Que me ahorquen si recuerdo haber visto belleza que le sea comparable, aun en la época en que yo era un guapo mozo, dicho sea esto sin ofenderos, señora—agregó, inclinándose hacia la señora Crackenthorp, sentada a su lado—; a vos ni os conocía cuando erais joven como la señorita Nancy aquí presente.

La señora Crackenthorp, pequeña mujer que pestañeaba un ojo y agitaba continuamente sus encajes, sus cintas y su cadena de oro, volviendo la cabeza a derecha e izquierda, haciendo así ruidos reprimidos que se parecían mucho al gruñido de un cerdo de la India cuando contrae el hocico y monologa ante cualquier reunión, la señora Crackenthorp, digo, pestañeó entonces y continuó agitándose al volverse hacia el squire; después, por fin, respondió:

—¡Oh, no; no me ofendéis!...

Aquel cumplimiento expresivo dirigido por el squire a Nancy, fue considerado por todos, menos por Godfrey, como un acto de diplomacia; y el padre de aquella joven se irguió un poco más, mirándola a través de la mesa con seria satisfacción. Aquel anciano, grave y regular en sus actos, no iba a comprometer en un ápice su dignidad, mostrándose henchido de orgullo ante la idea de una unión entre su familia y la del squire. Le halagaba todo honor tributado a su familia; sin embargo, era preciso que viera un cambio bajo todos respectos antes de acordar su consentimiento. Su cuerpo flaco, pero robusto, y su rostro de rasgos acentuados que parecía no haber sido nunca encendido por los excesos, formaban un contraste chocante, no sólo con la persona del squire, sino con los propietarios de Raveloe en general, lo que estaba de acuerdo con su dicho favorito: «que la raza primaba la dehesa».

—La señorita Nancy se parece de un modo sorprendente a su finada madre; ¿no es cierto, doctor Kimble?—dijo la gorda señora de este apellido buscando con los ojos por todas partes a su marido.

El doctor Kimble—los boticarios de campaña gozaban antiguamente de aquel título sin la sanción de un diploma—, hombre esbelto y ágil corría de un extremo a otro de la pieza con las manos en los bolsillos. Se hacía agradable a sus clientes del bello sexo con la imparcialidad de un hombre de su posición, y en todas partes era el bien venido en su calidad de doctor por derecho hereditario. No era uno de esos boticarios desgraciados que van en busca de una clientela a las localidades nuevas y que gastan todo su haber en hacer morir de hambre a su único caballo; por el contrario, era un hombre de posición acomodada, tan capaz de sostener una mesa superabundante como el más rico de sus clientes.

Desde tiempo inmemorial, el doctor de Raveloe era un Kimble. Kimble era esencialmente un apellido de doctor, así es que era difícil imaginar en esta triste realidad que el Kimble actual no tenía hijo, y que, por lo tanto, su clientela podría ser transmitida un día a un sucesor que llevara el incongruente apellido de Taylor o de Johnson. Pero, en tal caso, los vecinos más razonables de Raveloe llamarían al doctor Blick de Flitton, lo que sería más natural.

—¿Me habéis hablado, querida?—dijo el digno doctor dirigiéndose rápidamente al lado de su mujer.

Sin embargo, como si previera que ella estaría demasiado jadeante para repetir la observación que acababa de hacer, prosiguió inmediatamente: