—¡Ah! señorita Priscila, vuestra presencia reaviva el gusto de este superfino pastel de cerdo. Hago votos porque la hornada esté lejos de agotarse.

—En verdad, lo está, doctor—respondió Priscila—; sin embargo, garantizo que la próxima será tan buena como ésta. Mis pasteles de cerdo no salen buenos por casualidad.

—No sucede así con vuestras curas, ¿verdad, Kimble? Sólo salen bien, ¿es cierto?, cuando los enfermos se olvidan de tomar vuestros remedios—dijo el squire que consideraba a la medicina y a los médicos como muchos hombres lealmente religiosos consideran a la iglesia y al clero.

Saboreaba una burla dirigida contra los doctores y su ciencia cuando estaba en buena salud, pero reclamaba su auxilio con impaciencia así que sentía algo. Golpeó la tabaquera y echó una mirada a su rededor con aire de triunfo.

—¡Ah! en verdad que tiene espíritu sutil, mi amiga Priscila—prosiguió el doctor, prefiriendo atribuir el chiste a una dama antes que reconocer la ventaja que al hacerlo había tomado el squire sobre su cuñado—. ¡Deja a un lado un poco de pimienta para sazonar la conversación; por eso es que no la hay en exceso en sus platos! Aquí tenéis a mi mujer que, por el contrario, nunca tiene la respuesta en la punta de la lengua; desgraciadamente, si llego a ofenderla no deja de quemarme la garganta con pimienta al otro día, o si no me da cólicos con legumbres refrescantes. Es una venganza atroz.

Y al decir esto, el ágil doctor hizo una mueca expresiva.

—¿Habéis oído nunca cosa semejante?—dijo la señora Kimble riendo de muy buen humor por encima de su doble sotabarba, a la señora Crackenthorp, que parpadeaba de un ojo, meneaba la cabeza y tenía la amable intención de sonreír.

Pero esta intención se perdió en ligeros rezongos y ruidos.

—Supongo, Kimble, que ésa es la especie de venganza adoptada en vuestra profesión si os irritáis contra un enfermo—dijo el pastor.

—Nunca nos enojamos con nuestros enfermos, sino cuando nos dejan—respondió el doctor Kimble—. Y entonces ya no tenemos ocasión de hacerles prescripciones. ¡Ah! señorita Nancy—prosiguió poniéndose de golpe al lado de ella, dando saltitos—, no vayáis a olvidar vuestra promesa. ¡Tenéis que reservarme una pieza, ya lo sabéis!