—¡Vamos, vamos, Kimble; no os apresuréis tanto!—dijo el squire—. Dejad a los jóvenes las oportunidades de triunfar. Aquí está mi hijo Godfrey que os arrojará el guante si os apoderáis de la señorita Nancy. La ha invitado para la primera pieza, estoy seguro. ¿No es cierto, señor? ¿Qué me decís?—continuó, echándose hacia atrás para mirar a Godfrey—. ¿No le habéis pedido a la señorita Nancy que os acompañe para abrir el baile?
Godfrey estaba lo más molesto a causa de aquella insistencia significativa respecto de la señorita Nancy. Asustado al pensar qué fin tendría todo aquello cuando su padre, según su costumbre, hubiera dado el ejemplo hospitalario de beber antes y después de la cena, no se le ocurrió cosa mejor que volverse hacia Nancy y decirle lo mejor que pudo:
—No, todavía no se lo he pedido; pero confío que aceptará, si otra persona no se ha presentado ya.
—No, todavía no me he comprometido—contestó Nancy con tranquilidad, aunque sonrojándose. (Si el señor Godfrey fundaba algunas esperanzas en que Nancy consintiera en bailar con él, pronto se iba a desengañar; pero no había razón alguna para que no se mostrara atenta.)
—Entonces, espero que no tendréis ningún motivo para no bailar conmigo—prosiguió Godfrey, comenzando a no darse ya cuenta de que había algo de molesto en aquel arreglo.
—No, ningún motivo—respondió Nancy con frialdad.
—¡Ah! En verdad que tenéis suerte, Godfrey—dijo el tío Kimble—. Pero sois mi ahijado, y por eso no quiero soplaros la dama. Por lo demás, no estoy tan viejo, querida, ¿no es cierto?—prosiguió, volviéndose a saltitos al lado de su mujer—. ¿No os importaría nada que os diera una sucesora, en caso de que desaparecierais, con tal de que antes llorara mucho?
—¡Vamos, vamos, tomad una taza de té y retened vuestra lengua, os ruego!—dijo la alegre señora Kimble, sintiendo cierto orgullo de tener un marido que la reunión debía considerar como de los más hábiles y divertidos.
¡Lástima que fuera tan irritable cuando jugaba a la baraja!
Mientras que aquellas personalidades inofensivas, bien puestas a prueba ya, animaban el té de aquel modo, las notas de un violín se acercaron bastante como para que se las oyera claramente. Entonces los jóvenes se miraron con expresión simpática en que se leía la impaciencia de que terminara la colación.