—Ya está Salomón en el vestíbulo—dijo el squire—, y me parece que toca mi aire favorito: «El pequeño labrador de cabellos rubios». Nos quiere insinuar que no nos damos bastante prisa para oírlo tocar. Bob—agregó dirigiéndose a su tercer hijo, mozo de largas piernas que estaba en el otro extremo de la mesa—, abrid la puerta y decidle a Salomón que entre. Que nos toque aquí una pieza.

Bob obedeció y Salomón entró tocando, porque por nada del mundo quería detenerse a mitad de un aire.

—Aquí, Salomón—dijo el squire con un tono alto y protector—. Aquí, mi viejo. ¡Ah! ya sabía yo que tocabais «El pequeño labrador de cabellos rubios». No hay aire más hermoso.

Salomón Macey, viejecito todavía fuerte, con copiosos cabellos blancos que le descendían casi hasta los hombros, se adelantó hacia el sitio designado. Hizo una profunda reverencia sin dejar de tocar como para hacer comprender que tenía respeto a la reunión pero que respetaba aún más la música. Así que hubo terminado la pieza y bajado el violín, se inclinó de nuevo ante el squire y ante el pastor, diciendo:

—Espero que veo a vuestro honor y vuestra reverencia en buena salud; os deseo larga vida y un buen y feliz año nuevo. Y a vos igualmente, señor Lammeter, y a los demás señores y a las damas y a los jóvenes.

Al pronunciar estas últimas palabras Salomón se inclinaba hacia todos lados con solicitud, temeroso de faltar al respeto que debía. Después se puso inmediatamente a preludiar, y pasó luego a tocar el aire que sabía que el señor Lammeter consideraría como un cumplimiento personal.

—Gracias, Salomón, gracias—dijo el señor Lammeter, cuando el violín se detuvo de nuevo—; tocáis en «las colinas, de lejos, muy lejos». Mi padre me decía siempre que oíamos esa música: «¡Ah, hijo mío, yo también vengo de allende las colinas, de lejos, muy lejos!» Hay muchos aires que no tienen para mí pies ni cabeza; pero ése me habla como el silbido del mirlo. Supongo que eso depende del nombre: el nombre de una pieza dice muchas cosas.

Pero Salomón ardía ya por preludiar de nuevo, y sin tardanza atacó con brío «Sir Roger de Coverley». En seguida se oyó el ruido de las sillas y un murmullo de risas.

—Sí, sí, Salomón, ya sabemos lo que eso significa—dijo el squire poniéndose de pie—. Ya es tiempo de que comience el baile, ¿verdad? Id delante, todos vamos a seguiros.

Entonces Salomón, inclinando sobre el hombro su cabeza blanca y tocando con vigor, se adelantó, seguido del alegre cortejo, hacia el salón en que estaba suspendido un ramo de muérdago.