El señor Macey contrajo los labios, inclinó más todavía la cabeza hacia un costado y sus pulgares se pusieron a girar con un movimiento rápido, mientras que sus ojos seguían a Godfrey a través del baile. Por último resumió su opinión:

—Es bastante bien hacia abajo; pero sus espaldas son demasiado redondas. Y en cuanto a esas ropas que encarga al sastre de Flitton, son de un corte bastante pobre para ser pagadas el doble.

—¡Ah! señor Macey, vos y yo somos dos—dijo Ben, ligeramente indignado por aquella crítica meticulosa—. Cuando tengo delante de mí un jarro de cerveza, me gusta beberlo y hacerle bien a mi estómago, en lugar de oler el líquido y de mirarlo con los ojos muy abiertos para ver si no tengo algo que observarle a su fabricación. Quisiera que me mostraseis un joven más apuesto que maese Godfrey; un joven más robusto o que tuviera mejor cara que él cuando está despierto y de buen humor.

—¡Bah!—dijo el señor Macey, provocando a criticar con más severidad—. Todavía no ha tomado su verdadero color; está más o menos como un pastel cocido a medias. Tengo idea de que tiene el cerebro un poco débil, si no, ¿por qué se dejaría engañar por ese pícaro de Dunsey, a quien nadie ha visto últimamente, y por qué lo dejó matar a ese lindo caballo de caza de que todos hacían elogios? Y durante un tiempo siempre andaba buscando a la señorita Nancy y después todo se desvaneció, por decir así, como el olor de la sopa cuando se enfría. Yo no procedía así, yo, en los tiempos en que hacía la corte.

—¡Ah! quizá la señorita Nancy se haya retirado, y no os sucedió eso con vuestra novia.

—Seguramente—respondió el señor Macey con aire significativo—. Antes de decir «cric», yo tenía mucho cuidado de saber si ella diría «crac», y sin andar con rodeos, además. Yo no iba a abrir la boca como un perro para cazar moscas y luego cerrarla sin atrapar nada.

—Pues me parece que la señorita Nancy se está mostrando menos insensible con él—prosiguió Ben—, porque el señor Godfrey no parece tan desalentado en este momento. Veo que la va a llevar a sentarse, ahora que la danza ha terminado. Me parece realmente que eso se llama cortesía.

La razón por la cual Godfrey y Nancy habían salido del baile no era tan tierna como Ben se lo imaginaba. A causa de la aglomeración de las parejas, le había ocurrido un ligero accidente al vestido de Nancy. La falda, que era bastante corta de adelante para dejar ver el tobillo, era bastante larga por detrás como para caer bajo el peso majestuoso del pie del squire. Este accidente había ocasionado la rotura de algunos puntos en el talle de Nancy, así como una gran agitación en el espíritu de su hermana Priscila, como una inquietud seria en el de Nancy. Nuestro pensamiento puede absorberse en los conflictos del amor, pero rara vez llega esto a punto de hacerlo casi insensible a un cambio general de las cosas.

Nancy, apenas ejecutada la figura que bailaba con Godfrey, le dijo a éste sonrojándose profundamente que se veía obligada a ir a sentarse hasta que Priscila pudiera reunírsele; porque las dos hermanas ya habían cambiado una frase en voz baja y una mirada significativa.

Ninguna razón menos urgente que aquella hubiera sido capaz de determinar a Nancy a darle a Godfrey aquella ocasión de estar solo con ella. En cuanto a Godfrey, se sentía tan feliz, estaba tan sumido en el olvido bajo el encanto prolongado de la contradanza que acababa de bailar con Nancy, que la confusión de la joven le dio bastante audacia como para querer llevarla directamente, sin pedirle permiso, al pequeño salón de al lado en que las mesas de juego estaban preparadas.