—¡Ah! no, gracias—dijo Nancy fríamente, así que se dio cuenta a donde la llevaba—. Voy a esperar aquí hasta que Priscila pueda venir a buscarme. Siento haceros salir del baile y causaros una molestia.

—Pero allí estaréis completamente sola—respondió el astuto Godfrey—. Voy a dejaros allí hasta que llegue vuestra hermana.

Dijo aquellas palabras con acento indiferente.

Era una proposición agradable y exactamente lo que Nancy deseaba; entonces, ¿por qué se sintió algo ofendida de que el señor Godfrey se la dirigiera?

Entraron, y ella se sentó en una de las sillas contra las mesas de juego, considerando aquella posición como la más decente y la más inaccesible que pudiera escogerse.

—Gracias, señor—dijo la joven inmediatamente—. No quiero causaros más molestias. Siento que os haya tocado una compañera de tan poca suerte.

—Es una maldad de vuestra parte—dijo Godfrey, permaneciendo de pie junto a ella, sin manifestar la menor intención de partir—que deploréis el haber bailado conmigo.

—¡Oh! no, señor, no tengo la intención de decir nada malo—replicó Nancy coqueteando y linda hasta hacer perder la cabeza—. Cuando los caballeros tienen tantas distracciones, una pieza de baile es bien poca cosa para ellos.

—Vos sabéis bien que no es así. Vos sabéis que bailar una pieza con vos me interesa más que todos los otros placeres del mundo...

Hacía tiempo, mucho tiempo, que Godfrey no había expresado algo tan positivo. Nancy se estremeció. Pero su dignidad natural y su repugnancia instintiva a dejar traslucir ninguna emoción, la permitieron permanecer completamente tranquila en su silla. Solamente que fue en un tono algo más indeciso que dijo: