—No, realmente, señor Godfrey, no lo sé, y tengo muy buenas razones para pensar lo contrario; sin embargo, si es cierto, no deseo saberlo.
—¿No me perdonaréis entonces jamás, Nancy? ¿No tendréis nunca una buena opinión de mí, suceda lo que suceda? ¿No pensáis que el presente pueda llegar a rescatar el pasado aun cuando yo me corrigiese por completo y renunciara a todo lo que os desagrade?
Godfrey apenas tenía conciencia de que aquella ocasión inesperada de hablar con Nancy y a solas lo había puesto fuera de sí; y un sentimiento ciego se había apoderado de su lengua.
Nancy experimentó realmente una agitación extrema ante la posibilidad que sugerían las palabras de Godfrey. Sin embargo, la misma fuerza de aquella emoción que estaba en peligro de encontrar demasiado violenta, reanimó todo el imperio que la joven tenía sobre sí.
—Me sentiría muy feliz al ver en cualquier persona un cambio favorable, señor Godfrey—respondió con un cambio de tono apenas sensible—; pero más valdría, sin embargo, que ese cambio no fuera necesario.
—Sois muy cruel, Nancy—dijo Godfrey contrariado—. Podríais alentarme a volverme mejor. Me siento muy desgraciado; pero vos no tenéis corazón.
—Creo que tienen menos los que comienzan por proceder mal—respondió Nancy, dejando percibir de pronto y a pesar suyo un pequeño rasgo de indignación.
Godfrey quedó encantado con aquel leve arranque. Hubiera querido continuar para que Nancy se irritara contra él; era una tranquilidad y una firmeza tan exasperantes. Pero al fin y al cabo todavía no le era indiferente.
La entrada de Priscila, que se precipitó diciendo: «¡Dios mío! Dios, veamos, hija, qué tiene ese vestido», le quitó a Godfrey la esperanza de una querella.
—Supongo que ahora debo irme—le dijo a Priscila.