Godfrey sintió que el corazón le latía con violencia. Había en aquel momento un terror en su alma: era que la mujer no estuviera realmente muerta; terror culpable, huésped demasiado odioso para que encontrara refugio en el alma buena de Godfrey. Pero la naturaleza de ningún hombre puede protegerlo contra los malos deseos, cuando su dicha depende de la duplicidad.
—Bueno, bueno—dijo el señor Crackenthorp—, salid al vestíbulo. Yo voy a ir a buscar al doctor. Ha encontrado, una mujer en la nieve y cree que está muerta—agregó en voz baja al squire—. Vale más hablar de esto lo menos posible; molestaría a las damas. Decidles solamente que una pobre mujer sufre del frío y hambre. Voy a buscar a Kimble.
Entretanto, las damas se habían adelantado ya curiosas por saber qué habría podido llevar allí al solitario tejedor en circunstancias tan extrañas e interesándose por la preciosa criatura. Esta, medio atraída y medio alarmada por la brillante iluminación y la numerosa sociedad, fruncía el ceño y se cubría la cara a su alrededor, hasta que el fruncimiento de cejas, contraídas por un contacto o una palabra de cariño, le hiciera ocultar su rostro con nueva resolución.
—¿Qué criatura es ésa?—dijeron varias damas a la vez, entre otras Nancy Lammeter, que se dirigía a Godfrey.
—No lo sé; creo que es la hija de una pobre mujer que han encontrado entre la nieve—fue la respuesta que Godfrey se arrancó del corazón con terrible esfuerzo.
—Al fin y al cabo, ¿estoy cierto?—se apresuró a decirse a sí mismo, para tranquilizar su conciencia.
—Entonces haríais bien en bajar la criatura aquí—dijo la excelente señora Kimble, vacilando, sin embargo, en poner en contracto las ropas manchadas de la niña con su bata de raso—. Voy a decirle, a una de las sirvientas que venga a tomarla.
—No, no, no puedo separarme de ella; no puedo darla—dijo Silas bruscamente—. Vino espontáneamente hacia mí; tengo el derecho de guardarla.
Esta proposición de sacarle la criatura había sido dirigida a Silas sin que él la esperara absolutamente, y aquellas palabras, pronunciadas bajo la influencia de la impulsión fuerte y brusca, fueron casi como una revelación que se hizo a sí mismo. Un minuto antes no tenía ninguna intención precisa respecto a la criatura.
—¿Habéis oído nunca cosa semejante?—le dijo la señora Kimble, algo sorprendida, a su vecina.