—Ahora, señoras, os ruego que me dejéis pasar—dijo el doctor Kimble, saliendo de la sala de juego, bastante fastidiado por la interrupción; pero estaba avezado por el largo ejercicio de su profesión a obedecer a los llamados desagradables, aun cuando había bebido con exceso.

—Qué fastidio, Kimble, el tener que salir en éste momento, ¿eh?—dijo el squire—. Bien podía haber ido a buscar a vuestro ayudante, el aprendiz... ¿Cómo se llama?

—¿Hubiera podido? ¡pero para qué decir que hubiera podido!—gruñó el tío Kimble, apresurándose a salir junto con Marner, seguido por el señor Crackenthorp y por Godfrey.

—¿Queréis buscarme un par de zapatos gruesos, Godfrey? Pero, esperad... que vaya alguien corriendo a Casa de Winthrop a buscar a Dolly; es la mejor mujer que puede darse. Ben estaba aquí antes de la cena, ¿se ha marchado ya?

—Sí, señor—me he cruzado con él—dijo Marner—; pero no tuve tiempo de detenerme a decirle otra cosa sino que iba en busca del doctor, y él me respondió que éste estaba en casa del squire. Me eché entonces a correr, y como al llegar no encontré a nadie en los fondos de la casa, me dirigí donde la sociedad estaba reunida.

La niña, cuya atención no era ya distraída por el brillo de las luces y las caras sonrientes de las damas, se puso a llorar y a llamar «ma-ma», bien que se prendiera siempre de Marner, que parecía haberse captado por completo su confianza. Godfrey había vuelto con el calzado. Al oír los gritos de la niña su corazón se oprimió, como si alguna fibra íntima se hubiera tendido con fuerza.

—Voy a ir—dijo precipitadamente, impaciente por moverse un poco—, voy a ir a buscar esa mujer, a la señora Winthrop.

—¡Oh! ¡bah! mandad a otra persona—dijo el tío Kimble, que se apresuró a salir con Marner.

—Hacedme saber si puedo ser útil para algo, Kimble—dijo el señor Crackenthorp.

Pero el doctor ya estaba demasiado lejos para que pudiera oírlo.