También Godfrey había desaparecido. Había ido rápidamente a buscar su sombrero y su sobretodo, conservando sólo la presencia de espíritu necesaria para darse cuenta de que no debía pasar por un insensato; pero se lanzó a caminar en la nieve sin preocuparse de su calzado de baile.

Minutos después se dirigía rápidamente a las canteras en compañía de Dolly. A la vez que pensara que era muy natural que ella misma desafiara el frío y la nieve a fin de ir a hacer una obra de misericordia, aquella mujer estaba, sin embargo, muy afligida al ver a un joven que se mojaba los pies por obedecer una impulsión semejante.

—Haríais mucho mejor en volveros, señor—dijo Dolly con compasión respetuosa—. No tenéis para qué tomar frío. Pero os diría que de paso le dijerais a mi marido que venga; está en el Arco Iris, creo; si es que os parece que no ha bebido demasiado para poder ser útil. En ese caso, la señora Snell podría mandarnos a su pequeño sirviente para hacer los mandados, pues probablemente habrá que ir a buscar algo a casa del médico.

—No; ahora que he salido no me volveré; voy a quedarme aquí afuera—dijo Godfrey, cuando llegaron frente a la posada de Marner—. Podéis venir a decirme si puedo servir para algo.

—En verdad, señor, que sois muy bueno; tenéis un corazón tierno—dijo Dolly, dirigiéndose hacia la puerta.

Godfrey estaba demasiado penosamente preocupado para sentir algún remordimiento por aquel elogio inmerecido. Iba y venía sin darse cuenta de que se hundía hasta los tobillos en la nieve. No tenía conciencia de nada, a no ser de la agitación febril causada por su incertidumbre respecto a lo que pasaba en la choza y de la influencia que cada uno de los desenlaces tendría sobre su destino futuro. No; no estaba por completo sin conciencia de otra cosa más. En lo profundo de su corazón y medio sofocado por el deseo apasionado y el temor, estaba el sentimiento de que no debía esperar aquellos desenlaces, que tendría que aceptar las consecuencias de sus actos, reconocer a su mísera esposa y devolver sus derechos a su hija abandonada. Sin embargo, no tenía bastante valor moral para encarar la posibilidad de renunciar voluntariamente a Nancy. Tenía sólo bastante conciencia y corazón para estar constantemente atormentado por la debilidad que le impedía ese renunciamiento. Y en aquel instante su espíritu se libertaba de toda traba y se exaltaba con la perspectiva imprevista de verse libre de su larga esclavitud.

—¿Habrá muerto?—decía la voz que predominaba en su corazón sobre las demás—. Si ha muerto me podré casar con Nancy; entonces, seré una buena persona en el porvenir y no tendré más secretos. En cuanto a la criatura, se cuidará de ella de un modo o de otro.

Pero en medio de esta visión se presentaba la otra alternativa:

—Vive, quizá; en este caso, ¡pobre de mí!

Godfrey no supo jamás cuánto tiempo transcurrió hasta que se abrió la puerta de la choza y salió el doctor Kimble. Se adelantó hacia su tío. Acababa de prepararse para dominar la emoción que no dejaría de sentir, cualesquiera que fuesen las noticias que iba a saber...