Después, mientras se inclinaba hacia adelante para mirar a la niña—no sin un poco de celos—, y ésta echaba la cabeza contra el brazo de Dolly y observaba de lejos a Silas con satisfacción, el tejedor agregó con aire inquieto:
—Pero deseo atender yo mismo a la niña. De otro modo podría querer más a otra persona y no acostumbrarse a mí. He estado acostumbrado a hacer todo en mi casa; puedo aprender, aprenderé.
—¡Ah! seguramente—dijo Dolly con voz suave—. He visto hombres muy hábiles para atender las criaturas. Los hombres son casi siempre torpes y testarudos—que Dios los ayude—; sin embargo, cuando no están ebrios no carecen de sentimientos, aunque no sepan poner vendas ni sanguijuelas: son demasiado bruscos e impacientes. Fijaos, primero se pone esto sobre el cuerpo—prosiguió Dolly, tomando una camisita y poniéndosela a la niña.
—Sí—dijo Marner dócilmente, mirando de muy cerca, a fin de iniciar sus ojos en los misterios.
Después, la nena le tomó la cabeza entre sus bracitos y le puso sus pequeños labios contra el rostro, haciéndole caricias.
—Ya lo veis—dijo Dolly con el tacto delicado de una mujer—, a vos es a quien quiere más. Quiere que la toméis sobre las rodillas, estoy segura. Vamos, linda, vamos. Tomadla, maese Marner; ponedle las ropitas; después podréis decir que hicisteis todo lo preciso por ella, desde su principio.
Marner la tomó sobre las rodillas, temblando con una emoción misteriosa para él, emoción causada por algo desconocido que comenzaba a apuntar en su existencia.
Sus pensamientos y sus sentimientos eran tan confusos que, si hubiera tratado de expresarlos, sólo hubiese podido decir que la niña le había venido en lugar de su dinero—que su oro se había vuelto una criatura. Tomó las ropas de manos de Dolly y, bajo su dirección, se las puso a la niña. Esta interrumpió entonces, naturalmente, sus ejercicios gimnásticos.
—¡Ya lo veis! os desempeñáis a maravilla, maese Marner—dijo Dolly—; sin embargo, ¿qué vais a hacer cuando estéis obligado a permanecer sentado en vuestro telar? Porque se va a volver más movediza y traviesa de día en día, seguramente, que Dios la bendiga. Es una suerte que tengáis este hogar elevado en vez de una parrilla; el fuego está así menos a su alcance; sin embargo, si tenéis algo que pueda derramarse o romperse o lastimarle los dedos, en seguida tratará de agarrarlo, y es razonable que estéis advertido.
Silas, quedando algo perplejo, reflexionó un instante.