—La ataré al pie del telar—dijo por fin—; la ataré con una faja larga y sólida.
—Bueno, quizá eso baste, porque es una niña, porque es más fácil persuadir a las niñas que se queden quietas que a los varones. Yo sé cómo son éstos; he tenido cuatro—sí, cuatro, sábelo Dios—, y si se los ocurriera atarlos se agitarían y gritarían como los cerdos cuando se les pone un anillo en el hocico. Pero os traeré mi sillita con unos retazos de tela colorada y otros chiches para que pueda jugar con ellos. Se sentará y les hablará como si estuvieran vivos. ¡Ah! si no fuera un pecado querer ver los hijos de otro modo que como son—que Dios los bendiga—, hubiera deseado que uno de ellos fuera mujer; y decir que hubiera podido enseñarle a zurcir, a remendar, a tejer y muchas otras cosas. Pero, en fin, podré enseñarle eso a esta niña cuando sea más grande, ¿no es cierto, maese Marner?
—Pero será mía y no de otros—dijo Marner con bastante vivacidad.
—Sí, naturalmente, tenéis el derecho de guardarla si sois para ella un padre y la criáis como conviene. Sin embargo—agregó Dolly llegando a un punto que había resuelto tocar de antemano—, tenéis que criarla como los hijos de las gentes bautizadas, llevarla a la iglesia y hacerle aprender el catecismo. Mi pequeño Aarón puede repetirlo perfectamente; os reza el credo y lo demás así como los mandamientos, lo mismo que si fuera un niño del coro. Eso es lo que tenéis que hacer, maese Marner, si queréis cumplir con vuestro deber para con esta huerfanita.
El pálido rostro de Marner se sonrojó súbitamente bajo la influencia de aquella nueva ansiedad. Su espíritu estaba harto preocupado, tratando de darle una explicación definida a las palabras de Dolly, para que pensara en contestarle.
—Creo—agregó la buena mujer—que esta pobre criatura no ha sido nunca bautizada y es conveniente advertir al pastor. En caso de que no tengáis nada que observar le hablaré de eso hoy mismo al señor Macey. Porque si la criatura acabara mal por una razón o por la otra y vos no hubierais cumplido con vuestro deber para con ella, maese Marner—si descuidarais de hacerla vacunar u omitierais cualquier otra cosa para preservarla del mal—, eso vendría a ser una espina en vuestro lecho mientras estuvierais de este lado del sepulcro. Yo no creo que le sea fácil a ningún hombre el poder descansar tranquilo en el otro mundo, si no ha llenado su deber para con las criaturas infortunadas que le han tocado en suerte sin haberlas pedido.
La propia Dolly estaba dispuesta a guardar silencio durante un tiempo, porque aquellas palabras brotaban de las profundidades de su sencilla creencia y estaba ansiosa por saber si producirían en Silas el efecto deseado. Este estaba confuso e inquieto, porque aquellas palabras de Dolly de que «la niña no había sido bautizada» no tenían sentido claro para él. No conocía más que el bautismo de los adultos y nunca había oído hablar del bautismo de los niños.
—¿Qué quieren decir vuestras palabras de que la niña no ha sido nunca bautizada?—dijo al fin con timidez—. ¿Las personas no serán buenas con ella si no hace eso?
—¡Dios mío! ¡Dios mío, maese Marner!—dijo Dolly con el tono dulce de la compasión—, ¿no habéis tenido nunca padre ni madre que os hayan enseñado a rezar y que hay palabras buenas y buenas cosas para preservarnos del mal?
—Sí—dijo Silas en voz baja—; sé muchas cosas a ese respecto, a lo menos sabía muchas. Pero nuestros hábitos son diferentes: mi país queda muy lejos de aquí.