Se detuvo unos instantes; después agregó con tono más firme:

—Sin embargo, deseo hacer todo lo posible en favor de la criatura. Todo lo que sea conveniente para ella y que juzguéis sea bueno, no dejaré de conformarme a ello, si vos queréis decírmelo.

—Pues bien, entonces, maese Marner, voy a pedirle al señor Macey que le hable al pastor; y tendréis que decidiros por un nombre, porque será preciso dárselo a la niña cuando se la bautice.

—El nombre de mi madre era Hephtsiba—dijo Silas—, y mi hermanita llevaba su nombre.

—Pero es un nombre difícil de pronunciar—dijo Dolly—, y no estoy segura que sea un nombre de bautismo.

—Es un nombre que se encuentra en la Biblia—dijo Silas, volviéndole a la memoria sus antiguas ideas.

—Entonces no tengo ninguna razón para oponerme—repuso Dolly algo asustada por los conocimientos de Silas en este capítulo—; sin embargo, qué queréis, yo soy poco instruida y me cuesta comprender las palabras. Mi marido dice que yo ando siempre como si diera una en el clavo y tres en la herradura—eso es lo que dice, porque es muy sutil—, que Dios lo ayude. Pero no sería cómodo llamar a vuestra hermanita con un nombre tan difícil de pronunciar cuando no teníais nada importante que decirle, me parece a mí, ¿no es cierto, maese Marner?

—La llamábamos Eppie—respondió Silas.

—Pues bien, siempre que no sea malo acortar el nombre sería mucho más cómodo. Entonces, voy a marcharme, maese Marner, y hablaré del bautismo antes de la noche. Os deseo mucha suerte y tengo confianza en que así será, si cumplís con vuestro deber para con la pequeña huérfana... Además, hay que pensar en hacerla vacunar. En cuanto al lavado de sus ropitas, no tenéis que dirigiros sino a mí, porque puedo hacer eso sin esfuerzo cuando preparo la lejía. ¡Ah! querido angelito. Me permitiréis que traiga a mi pequeño Aarón uno de estos días; le mostrará el carrito que su padre le ha fabricado y el perrito negro y blanco que está criando.

La niña fue, pues, bautizada, habiendo decidido el pastor que un doble bautismo era el riesgo menos grande que se podía correr. Con este motivo, Silas, después de vestirse lo más limpio y elegante que pudo, apareció por primera vez en la iglesia y tomó parte en las prácticas que sus vecinos consideraban como sagradas.