Le era imposible, según todo lo que veía y oía, identificar su antigua fe con la religión de Raveloe. Si hubiera sido capaz de ello en lo pasado, hubiese sido bajo la influencia de un sentimiento intenso, pronto a vibrar con simpatía antes que por medio de una comparación de frases y de ideas; pero ahora, desde hacía ya muchos años, aquel sentimiento se había adormecido.
No tenía una noción clara al respecto del bautismo de los niños y de la frecuentación de la iglesia, a no ser lo que Dolly le había dicho que eso sería bueno para la niña. De este modo, a medida que las semanas formaban meses, la niña creaba sin cesar vínculos nuevos entre la existencia de Marner y de las personas que siempre había evitado hasta entonces para aislarse de un modo más completo. Contrariamente al oro, que no tenía necesidad de nada y que tenía que ser adorado en una soledad por completo secreta, oculto a toda luz, sordo al canto de los pájaros, que no se estremecía al son de ninguna voz humana, Eppie era una criatura cuyas necesidades eran infinitas, y sus deseos siempre eran crecientes.
Era una criatura que amaba y buscaba la luz del sol, el ruido y los movimientos de la vida, que todo lo ensayaba teniendo fe en las alegrías nuevas, y que hacía nacer la bondad en los ojos de todos los que la miraban. El oro había confinado los pensamientos de Silas en un círculo siempre igual y que no conducía a ninguna parte más allá de sus propios límites; Eppie, criatura formada de cambios y esperanzas, obligaba ahora a sus pensamientos a ir hacia adelante. Ella los arrastraba muy lejos de aquel objeto a que se dirigían siempre antes y los llevaba hacia nuevas cosas que debían venir con los años futuros, cuando la joven hubiese aprendido a comprender qué padre abnegado había sido Silas para ella.
La niña hacía buscar a Marner las imágenes de ese porvenir en los vínculos y las obras caritativas que unían entre sí a las familias de sus vecinos. El oro lo había obligado a prolongar cada vez más su trabajo, los ojos y los oídos cerrados a todas las cosas que no fueran la monotonía de su telar y la uniformidad de su tejido. Pero Eppie lo distraía de su trabajo, haciéndole considerar todas las interrupciones como momentos de felicidad. Su vida nueva despertaba los sentidos de Silas a punto de reanimar la alegría de éste, aun a la vista de las viejas moscas adormecidas por el invierno que salían con esfuerzo arrastrándose al sentir los primeros rayos del sol de primavera. La niña reavivaba la alegría del tejedor, porque ella misma era alegre.
Cuando el sol se hizo más vivo prolongándose más el día y los botones de oro esmaltaban la pradera, se podía ver a Silas—sea a mediodía, sea al declinar la tarde, en el momento en que las sombras de los cercos se alargaban—, se podía ver a Silas que salía de su casa con la cabeza descubierta, llevando a pasear a Eppie más allá de las canteras, a los sitios en que crecían aquellas flores. Se detenía cerca de alguna loma favorita que le permitía sentarse, mientras que Eppie iba titubeando a recoger los botones de oro, interpelando a las criaturas aladas que murmuraban felices encima de sus pétalos brillantes y atrayendo continuamente la atención de «papá» cuando le traía su cosecha. Después prestaba oído al canto brusco de algún pájaro, y Silas aprendía a divertirla, haciéndole seña de callarse, a fin de que pudieran escuchar, a la espera de los acentos que iban a recomenzar. Y cuando volvían, ella alzaba los hombros y reía gorjeando su triunfo. Sentados de este modo entre el follaje, Silas se puso de nuevo a recoger las plantas que le eran antes familiares. Al ver las hojas con sus contornos y nervaduras inmutables en el hueco de su mano, sintió renacer una multitud de recuerdos que rechazaba con timidez. Sus pensamientos buscaban entonces refugio en el pequeño mundo de Eppie, el cual sólo pesaba ligeramente en su cerebro debilitado.
A medida que el espíritu de la niña crecía en saber, el espíritu de Silas crecía en recuerdos; a medida que la vida se desarrollaba, el alma del tejedor, largo tiempo aletargada en una fría y estrecha prisión, se desarrollaba también, y, toda trémula, volvía a una plena conciencia de sí mismo.
Era una influencia que iría adquiriendo fuerza con cada nuevo año transcurrido.
Los sonidos infantiles que agitaban el corazón de Silas se articularon y reclamaron respuestas más precisas; las formas y los ruidos se tornaron más claros para los ojos y los oídos de Eppie; y hubo cosas nuevas que le pidió a «papá» con tono imperativo que observase y le explicase. Además, cuando Eppie cumplió tres años desplegó el lindo talento de hacer travesuras o de encontrar medios ingeniosos para causar molestias, talento que proporcionaba mucho ejercicio, no sólo a la paciencia de Silas, sino también a su ciencia y sagacidad.
En estas ocasiones, el pobre Marner se veía puesto en conflictos por las exigencias incompatibles del deber y del cariño. Dolly Winthrop le decía entonces que los castigos le harían bien a Eppie, y que no era posible educar una criatura si ciertas partes blandas y que no corren ningún riesgo por esto, no le escocían de cuando en cuando.
—Además, podríais hacer otra cosa, maese Marner—agregó Dolly con aire pensativo—, y sería encerrarla alguna vez en la carbonera. Fue así como he procedido con Aarón, porque era tan débil para con mi niño menor, que no podía soportar la idea de castigarlo. No tenía alma para dejarlo más de un minuto en la carbonera, pues era lo bastante para tiznar por completo al niño, de modo que había que lavarlo y vestirlo de nuevo. Eso le hacía tanto bien como el látigo, podéis creerme. Pero dejo a vuestra conciencia la tarea de decidir, maese Marner, porque tenéis que elegir una cosa o la otra—el látigo o la carbonera—; de otro modo se va a volver tan voluntariosa que no habrá medio de dominarla.