Silas quedó convencido de la triste verdad de esta última observación; pero su energía de carácter, lo abandonó ante las dos únicas especies de castigos que le proponían. No sólo le era penoso castigar a Eppie, sino que temblaba de estar en desacuerdo con ella un solo momento, temiendo que fuera a disminuir el afecto que ella le tenía. Si un Goliat afectuoso se encariña por una criatura delicada y teme tirar del vínculo que a ella lo une, y teme, sobre todo, que se rompa ese vínculo, decidme, os ruego, ¿cuál será el amo de los dos? Era evidente que Eppie, con sus pequeños pasos vacilantes, hacía vacilar a su gusto a su papá Silas cualquier día en que las circunstancias favorecieran su travesura.

Por ejemplo; él había elegido una ancha faja de lienzo a fin de atar a Eppie a su telar cuando estaba muy ocupado. Aquella faja formaba un cinturón alrededor del talle de la criatura y era bastante larga para que ésta pudiera llegar hasta su pequeño lecho y sentarse en él, pero era lo bastante corta como para que Eppie no ensayara alguna ascensión peligrosa. Ahora bien, una mañana Silas estaba más atareado que de costumbre porque estaba armando una pieza en el telar, y tuvo que recurrir para esto a las tijeras. Este instrumento, gracias a una advertencia especial de Dolly, había estado siempre cuidadosamente fuera del alcance de Eppie. Sin embargo, su ruido peculiar tuvo una atracción particular para su oído, y, después de haber espiado los resultados de aquel ruido, sacó la consecuencia filosófica de que la misma causa debía producir el mismo efecto.

Silas se había sentado en su telar y el ruido del aparato había recomenzado; pero dejó las tijeras en un punto que el tránsito de Eppie podía alcanzar. Entonces, como un ratón que acecha el momento oportuno, salió furtivamente de su rincón, se apoderó de aquel objeto y volvió dando traspiés hasta su cama, alzando los hombros como para ocultar su hurto. Tenía una intención decidida en lo que concernía al uso de las tijeras. Después de haber cortado la faja de tela de un modo irregular, pero eficaz, se dirigió en dos segundos hacia la puerta abierta adonde la llamaba el brillo del sol, mientras, que el pobre Silas la creía más preciosa que de costumbre. Fue sólo cuando volvió a necesitar las tijeras que lo sorprendió la terrible realidad. Eppie se había escapado sola, quizás se había caído en la cantera. Silas, agitado por el temor más grande que podía asaltarlo, se precipitó hacia afuera gritando: «¡Eppie!», y corrió rápidamente hacia el espacio sin cerco, explorando las cavidades secas en que hubiera podido caer e interrogando en seguida con los ojos asustados la superficie lisa y rojiza del agua. Gotas frías de sudor le mojaron la frente. ¿Cuánto tiempo haría que había salido? Le quedaba una esperanza: que se hubiera deslizado a través de la cerca para ir a las praderas, donde tenía la costumbre de llevarla a dar una vuelta. Pero la hierba estaba alta y no había medio de descubrir si Eppie estaba allí, sino buscándola atentamente, lo que hubiera sido un delito en el plantío del señor Osgood. Sin embargo, había que resignarse; así es que el pobre Silas, después de haber sondeado bien con la mirada los alrededores de las cercas, atravesó la hierba, creyendo, con su vista corta, distinguir a Eppie tras de cada mata de acedera roja, viéndola continuamente alejarse a medida que se aproximaba. Buscó en vano en la pradera; entonces, salvó el cerco y se encontró en la propiedad vecina. Fijó la vista con una última esperanza en un pequeño estanque que el verano había secado en parte, dejando un ancho borde de lava viscosa. Era allí, sin embargo, que Eppie estaba sentada, conversando animadamente con su zapatito que le servía de balde para acarrear agua a la huella profunda de una pata de caballo, mientras que su pequeño pie desnudo estaba cómodamente apoyado en un cojín de lodo verdoso. Un ternero de cabeza roja la observaba, indeciso y alarmado, a través del cerco opuesto.

Había en aquello, tratándose de una criatura bautizada, un caso indiscutible de aberración que exigía un tratamiento severo, pero Silas, dominado por la alegría convulsiva de haber hallado su tesoro, no supo hacer otra cosa más que cargar a Eppie vivamente y cubrirla de besos entrecortados por sollozos. Fue sólo después de llevarla a la casa y de haber procedido al lavatorio necesario que se acordó de la necesidad de castigar «para que la niña se acordara». La idea de que podía escapar de nuevo y hacerse daño lo impulsó a realizar un acto extraordinario y por primera vez se determinó a recurrir a la carbonera, pequeña alacena situada junto al hogar.

—Mala, mala Eppie—comenzó a decir Silas de pronto, teniéndola sobre las rodillas y mostrándole que tenía los pies y las ropas cubiertos de barro—; mala, que cortó la faja y se fue. Ahora Eppie tiene que entrar en la carbonera porque es mala. Papá va a encerrarla en la carbonera.

Medio creía que aquellas palabras producirían una impresión bastante fuerte para que Eppie se pusiera a llorar. En vez de esto se puso a brincotear en las rodillas de Marner como si éste le propusiera una novedad agradable. Viendo que era necesario recurrir a los extremos, la metió en la carbonera y cerró la puerta temblando de que empleara una medida excesiva. Durante el primer momento no oyó nada; pero en seguida oyó un pequeño grito:

—¡Abe, abe!

Y Silas la hizo salir, diciendo:

—Ahora, Eppie va a ser buena; de otro modo va a ir a la carbonera, al rincón negro.

El telar permaneció silencioso largo rato esa mañana porque hubo que lavar a Eppie y ponerle ropas limpias; sin embargo, era de esperar que este castigo tendría un efecto duradero y ahorraría tiempo en el porvenir. Quizá, sin embargo, hubiera sido preferible que Eppie llorara algo más.