Las sirvientas se entretenían en llevarla a que viera las gallinas y los pollos o a recoger algunas cerezas en el huerto. Y los niños y las chiquillas se le acercaban lentamente, con movimientos prudentes, y las miradas fijas—como perritos que avanzan hociquito contra hociquito hacia otro compañero—hasta que la atracción alcanza el punto en que los suaves labios se ofrecen para recibir un beso. Ninguna criatura tenía miedo de acercarse al tejedor cuando Eppie estaba a su lado. La presencia de Marner ya no tenía nada de repulsiva, ni para los jóvenes ni para los viejos, porque la niña había conseguido atarle de nuevo al mundo entero. Había entre él y Eppie un amor que los confundía en un solo ser, y había amor entre la niña y el mundo, desde los hombres y las mujeres que tenían para ella palabras y miradas de padre y de madre, hasta las caccinelas rojas y los guijarros redondos.
Silas se puso a considerar la existencia de Raveloe, desde empunto de vista exclusivo de Eppie. Quería proporcionarle a su hija todo lo que se consideraba un bien en la aldea; y escuchaba con docilidad, a fin de llegar a entender mejor lo que era esa vida, de la que había permanecido alejado durante cinco años, como si hubiera sido una cosa extraña con la que no pudiera tener nada de común. Así procede el hombre que tiene una planta preciosa a la que quiere dar asilo y alimento, en un suelo nuevo para ella: piensa en la lluvia, en el sol, en todas las influencias con relación a su pupila. Trata de conocer asiduamente todo lo que pudiera serle útil, sea para satisfacer las necesidades de las raíces penetrantes, sea para proteger la hoja y el botón contra la agresión peligrosa. El empeño de atesorar había sido por completo destruido por Marner desde que perdiera el oro que acumulaba durante tanto tiempo. Las monedas que había ganado en seguida le parecían tan inútiles como piedras aportadas para terminar una casa bruscamente sepultada por un temblor de tierra. El sentimiento de la pérdida que había sufrido era para él un peso demasiado grave para que las antiguas fruiciones de la satisfacción se despertaran otra vez al contacto de las monedas nuevamente adquiridas. En adelante algo había venido a reemplazar su tesoro, algo que, dando a sus ganancias un fin creciente, arrastraba siempre hacia adelante, más allá del dinero, sus esperanzas y sus alegrías.
En los antiguos días había ángeles que venían a tomar a los hombres por las manos y los alejaban de la ciudad de la destrucción. Ahora ya no vemos mensajeros alados, pero, sin embargo, los hombres son todavía conducidos lejos de la destrucción inminente; una mano les toma la suya y los conduce suavemente hacia una tierra apacible y resplandeciente, de suerte que no miran más tras de sí, y esa mano puede ser la de un niño.
XV
Había una persona—se la adivinará sin esfuerzo—que más que cualquiera otra observaba con viva, con secreta solicitud el desarrollo próspero de Eppie, bajo la influencia de los cuidados del tejedor. Esa persona no se atrevía a hacer nada que diera a suponer que tenía interés especial por la hija adoptiva de un pobre hombre y no el que debía esperarse de la bondad de un joven squire, al que un encuentro fortuito sugería la idea de gratificar con un pequeño presente al pobre viejo mirado por todos con benevolencia. Pero esa persona se decía que llegaría el día en que podría hacer algo por aumentar el bienestar de su hija sin exponerse a las sospechas. Entretanto, ¿lo mortificaba mucho la imposibilidad en que estaba de darle a aquella niña sus derechos de nacimiento? No sabría decirlo. Eppie era bien atendida. Sería feliz probablemente como lo son a menudo las gentes de humilde condición, más feliz quizá que las que son criadas en el lujo.
Aquel famoso anillo que pinchaba al príncipe toda vez que olvidaba sus deberes para entregarse al placer, yo me pregunto si lo pinchaba vivamente cuando partía para la caza, o bien si le hacía entonces una leve picadura y no lo hería en carne viva sino cuando la cacería había terminado hacía tiempo y la esperanza, replegando las alas, miraba hacia atrás y se convertía en placer...
En cuanto a Godfrey, sus mejillas y sus ojos estaban ahora más brillantes que nunca. Tenía propósitos tan decididos que su carácter parecía haberse vuelto firme. Dunsey no había reaparecido; se creyó por la generalidad que se había enrolado voluntario o que se había ido al extranjero, nadie tenía la idea de pedirle datos precisos a una familia honorable sobre un asunto tan delicado. Godfrey había dejado de ver la sombra de Dunsey atravesada en su camino, y este camino lo conducía entonces directamente hacia la realización de sus deseos predilectos, los deseos que más largo tiempo había acariciado.
Todo el mundo decía que el señor Godfrey había tomado el buen camino y era bastante fácil adivinar cómo acabarían las cosas, pues pocos eran los días de la semana en que no se le veía dirigirse a caballo a las Gazaperas. El propio Godfrey, cuando le preguntaron bromeando si ya estaba fijado el día, sonreía con la sensación agradable de un pretendiente que hubiera podido responder «sí» si así lo hubiera querido. Se sentía transformado, libre de la tentación y la visión de su vida futura se le aparecía como una tierra prometida por la que no tenía necesidad de combatir. Se veía en el porvenir con toda felicidad concentrada alrededor de su hogar, mientras que Nancy le sonreía y él jugara con los niños.
Y aquella otra criatura sin sitio en la morada paterna, no la abandonaría. Velaría por que fuese feliz. Ese era su deber de padre.