Era un hermoso día de otoño, diez y seis años después que Silas Marner había descubierto su nuevo tesoro ante el hogar de su choza. Las campanas de la vieja iglesia de Raveloe repicaban alegremente anunciando que había terminado el oficio de la mañana. Por la puerta abovedada de la torre iban saliendo lentamente, detenidos por los saludos y preguntas amistosas, los más ricos feligreses que habían considerado aquella hermosa mañana del domingo muy apropiada para ir a la iglesia. Era costumbre habitual en esa época que los miembros más importantes de la congregación fueran los primeros que salieran. Mientras tanto, sus vecinos de condición más humilde esperaban y miraban llevándose la mano a las cabezas inclinadas, o haciendo reverencias para saludar a todo mayor contribuyente que se volvía para mirarlos.

En la primera fila de esos grupos de gentes bien vestidas que avanzaban hay algunos personajes que reconoceremos a despecho del tiempo, cuya mano ha pasado sobre todas ellas. Ese hombre de cuarenta años, alto y rubio, no tiene rasgos muy distintos de los de Godfrey Cass a los veintiséis años; sólo está algo más grueso y ha perdido la expresión indefinible de la juventud, pérdida que se manifiesta aun cuando la vista se mantenga brillante y no hayan aparecido todavía las arrugas. Quizás esta linda mujer que no es más joven que él y que se apoya en su brazo esté más cambiada que su marido; el encantador sonrojo que antes coloreaba constantemente sus mejillas quizás no reaparezca más que momentáneamente bajo la influencia del aire fresco de la mañana o de alguna gran sorpresa.

Sin embargo, para aquellos que gustan tanto más de la fisonomía humana cuanto mejor se lee en ella la experiencia de la vida, la belleza de Nancy ofrece un interés mayor. A menudo el alma llega al completo desarrollo de su bondad cuando la vejez la ha recubierto con una fea envoltura; es por esto que la mirada no basta para adivinar la excelencia de un justo. Pero los años no han sido tan crueles para con Nancy. Su boca roja pero tranquila y la mirada límpida y franca de sus ojos pardos, dicen ahora que su naturaleza ha sufrido y ha conservado sus más nobles cualidades. También su traje, de una elegancia graciosa y de una pureza delicada, es más expresivo ahora que las coqueterías de la juventud no intervienen para nada.

El señor y la señora Godfrey Cass—todo otro título más elevado expiró en los labios de la gente de Raveloe el día en que el viejo squire fue a unirse con sus mayores, y en que su herencia fue repartida entre sus hijos—se volvieron para ver llegar a un hombre alto y anciano y a una mujer sencillamente vestida que estaban más atrás, habiendo observado Nancy que debían esperar a «papá con Priscila». Ahora todos doblan por un sendero más estrecho que atraviesa el cementerio y conduce a una pequeña puerta situada frente a la Casa Roja. No los seguiremos porque en este momento quizás haya otras personas en esa congregación que sale de la iglesia que nos agradaría volver a ver, ciertas personas que no se encontrarán probablemente entre las vestidas con elegancia, y que puede que no sea tan fácil reconocer como al dueño y la dueña de la Casa Roja.

Sin embargo, no es posible equivocarse respecto a Silas Marner. Como sucede con las personas que han sido miopes en su juventud, sus grandes ojos negros parecían haber adquirido una vista más larga, tienen una mirada menos vaga y más simpática.

Todo el resto de su persona atestigua, en cambio, una constitución muy debilitada por el lapso de diez y seis años. Sus espaldas encorvadas y sus cabellos blancos le dan casi el aire de un anciano, bien que no tenga más que cincuenta y cinco años. Pero la flor más fresca de la juventud está a su lado: una rubia jovencita, de diez y ocho años, de rostro hoyuelado, que en vano ha tratado de alisar y recoger sus rizos bajo el ala de su sombrero obscuro. Aquellos rizos ondulan con tanta obstinación como un pequeño arroyo bajo la brisa de marzo y se escapan de la peineta que se empeña en recogerlos detrás de la cabeza. Eppie no deja de estar mortificada por esto, porque ninguna joven de Raveloe tiene cabellos parecidos a los suyos y se imagina que los cabellos tienen que ser lacios. No le gusta dar qué decir ni aun en las más pequeñas cosas, y por eso ved con qué esmero ha envuelto su libro de oraciones en su pañuelo floreado.

Ese joven de buena planta que viste un traje nuevo de fustán, que camina detrás de ella, no está bien al cabo de esta cuestión de los cabellos cuando Eppie se la propone. Piensa quizá que puede ser que los cabellos lacios sean preferibles, pero no desea que los de Eppie sean de otro modo. Ella adivina que alguien se adelanta detrás de ellos, alguien que piensa en ella de un modo particular y que apela a todo su coraje para ponerse a su lado así que penetren en la callejuela. De otro modo, ¿por qué parecería algo intimidada y cuidaría de no volver la cabeza mientras que le murmuraba a su padre Silas breves frases relativas a los que estaban y a los que no estaban en la iglesia y a la belleza del fresco rojo de la montaña que se asoma tras del muro del presbiterio?

—Me gustaría mucho, papá, que nosotros también tuviéramos un jardín con margaritas dobles; como el de la señora Winthrop—dijo Eppie cuando entraron en la callejuela—. Lo malo es que dicen que eso exigiría mucho trabajo para cavar y traer tierra buena... y vos no lo podríais hacer, ¿verdad, papá? En todo caso no me gustaría que lo hicierais, porque sería un trabajo demasiado penoso para vos.

—No creáis eso, hija mía. Si deseáis tener un jardincito, yo me ocuparé estas largas tardes en cercar un pequeño retazo de tierra inculta, como para que tengáis un cantero o dos de flores. Además, me será fácil remover un poco de tierra por la mañana antes de ponerme al trabajo. ¿Por qué no me dijisteis antes que deseabais tener un jardincito?

—Yo podría puntiaros esa tierra, maese Marner—dijo el joven con traje de fustán que se había puesto al lado de Eppie y se mezcló en la conversación sin ceremonias—. Será para mí una distracción, cuando haya terminado mi tarea o en cualquier otro momento perdido, cuando escasee el trabajo. Os traeré tierra del jardín del señor Cass. Me lo permitirá de buen grado.