—Mi papaíto quiere ir a fumar su pipa al sol. Pero antes tengo que levantar la mesa, para que todo esté bien limpio en la casa cuando llegue madrina. Voy a apresurarme... En seguidita va a estar...

Silas se había puesto a fumar en una pipa todos los días durante los dos años que acababan de transcurrir. Los ancianos de Raveloe le habían aconsejado mucho que hiciera uso de aquella cosa excelente, cosa contra los ataques. Esta opinión había sido aprobada por el doctor Kimble, a causa de que no hay inconveniente en aconsejar una cosa que no puede hacer daño, principio que le ahorraba a aquel señor mucho trabajo en el ejercicio de la medicina. A Silas no le agradaba mucho fumar, y lo sorprendía a menudo la pasión de sus vecinos a este respecto; pero un humilde acatamiento a toda cosa considerada como buena, se había vuelto un fuerte hábito en la nueva personalidad que se había desarrollado en él, desde que había encontrado a Eppie junto al fuego de su hogar. Este acatamiento fue la única guía que prestó su apoyo al espíritu desorientado de Silas, mientras que se encariñaba con aquella tierna criatura que le había sido mandada desde las tinieblas adonde se había marchado su oro. Mientras que Marner indagaba lo que era útil a Eppie y tornaba parte en el efecto que toda cosa producía en ella, había acabado por apropiarse las formas de las costumbres y de las creencias, que formaban el molde de la vida de Raveloe. Y como con el despertar de los sentimientos la memoria también se despertaba, comenzó a meditar sobre los elementos de la antigua fe y a mezclarlos a sus nuevas impresiones, hasta recobrar la conciencia de una relación entre el pasado y el presente.

La creencia de una bondad tutelar y la confianza de la humanidad que nacen con toda paz y toda alegría pura, habían producido en él la idea vaga de que algún error, alguna equivocación había arrojado una sombra tenebrosa sobre los días de sus mejores años. Además, se le volvía cada vez más fácil abrir su corazón a Dolly Winthrop; así fue que le comunicó poco a poco a aquella nueva amiga todo lo que podía contar de su juventud. Esta confidencia fue necesariamente una operación lenta y difícil, porque la pobre elocuencia de Silas no era secundada por la facilidad de comprensión de Dolly, a quien su limitada experiencia del mundo exterior no le daba clave alguna de las costumbres extranjeras. A causa de esto, toda idea nueva era un motivo de sorpresa que los hacía detenerse en cada punto de la narración. Sólo fue a fragmentos y con intervalos que le permitieran a Dolly meditar sobre las cosas que había oído, hasta que se le hubieran vuelto bastante familiares, que Silas llegó al fin al punto culminante de su triste historia: la «tirada a la suerte» y el juicio falso que había sido su consecuencia. Tuvo que repetir aquello en varias entrevistas, a propósito de nuevas preguntas hechas por Dolly, sobre la naturaleza de aquel método de descubrir al culpable y de justificar al inocente.

—¿Y vuestra Biblia es la misma que la nuestra, estáis bien seguro, maese Marner? ¿La Biblia que trajisteis de aquella comarca es igual a la que tenemos en la iglesia y a la que le sirve a Eppie para aprender a leer?

—Sí—dijo Silas—; es de todo punto igual; y en la Biblia se «tira la suerte», no lo olvidéis—agregó en tono más bajo.

—¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!—dijo Dolly con voz apesarada, como si recibiera malas noticias sobre el estado de un enfermo.

Después permaneció un rato silenciosa, y por último prosiguió:

—Hay gentes instruidas que quizás saben el fondo de todo esto. El pastor lo sabes estoy cierta; pero se necesitan grandes palabras para decir estas cosas, palabras que las gentes humildes no son capaces de comprender. Yo no puedo saber nunca exactamente el sentido de lo que oigo en la iglesia, a no ser el de algunas frases salteadas; pero, sin embargo, yo sé que son buenas palabras, estoy cierta. Lo que os pesa en él corazón, maese Marner, es esto; si Aquel que está en lo alto hubiera hecho su deber para con vos, no os habría dejado nunca arrojar como un ladrón perverso, siendo, como erais, inocente.

—¡Oh!—dijo Silas, que ahora había llegado a comprender la fraseología de Dolly—, eso fue lo que cayó sobre mí como un hierro rojo, porque ya lo veis, nadie me quería, nadie me tenía lástima ni en el cielo, ni en la tierra. Y aquel con quien había vivido diez años y más, desde que éramos niños y que lo compartíamos todo... mi amigo íntimo en quien yo tenía confianza, «alzó el pie contra mí y trabajó en mi ruina».

—¡Oh! pero era un malvado. No creo que haya otro que se le parezca—dijo Dolly—. Sin embargo, estoy muy perpleja, maese Marner; me parece que me acabo de despertar y que no sé si es de día o es de noche. Tengo, por decirlo así, la certidumbre de que se encontraría justicia en lo que os ha sucedido, si se pudiera descubrirla; así como a veces estoy segura de haber puesto una cosa en un sitio, aunque, no consiga dar con él. No teníais por qué desesperaros como lo hicisteis. Pero de esto hablaremos otra vez, porque hay cosas que se me ocurren cuando aplico cataplasmas o pongo sanguijuelas o alguna otra tarea parecida, cosas en que sería incapaz de pensar si estuviera tranquilamente sentada.