Dolly era una mujer demasiado sutil para no tener ocasiones de recibir luces de la naturaleza de aquellas de que había hablado, de modo que no permaneció mucho tiempo sin volver a tratar el asunto.
—Maese Marner—dijo Dolly un día que había ido a llevar a la choza unas ropas de Eppie—, he estado preocupadísima con vuestras cavilaciones y con la «echada a la suerte»; y la cosa se enredó en mi espíritu en todos sentidos, de modo que acabé por no saber cómo considerarlo. Pero una noche la volví a ver completamente clara, por decir así, la noche en que velaba a la pobre Bessey Fawkes, que murió dejando a sus hijos en esta tierra—que Dios los ayude—; el asunto que digo, se me apareció tan claro como la luz del día. Sin embargo, el que lo comprenda bien ahora o el que esté en estado de poderla traer de algún modo a la punta de mi lengua, eso es otra cuestión, porque a menudo tengo muchas cosas en la cabeza que no quieren salir. Y por lo que hace a las gentes de vuestro país que, según vuestro propio testimonio, no dicen nunca oraciones de memoria, ni con su libro, es preciso que sean prodigiosamente hábiles. Yo, si no supiera el Padrenuestro y algunas migajas de buenas palabras que puedo recoger en la iglesia, por más que me pusiera de rodillas todas las noches no sabría qué decir.
—Sin embargo, señora Winthrop, siempre podéis decir alguna cosa que yo soy capaz de comprender—observó Silas.
—Pues entonces, maese Marner, el asunto se me presentó de este modo: soy incapaz de comprender una palabra de la «echada a la suerte» y de la respuesta falsa que dio por resultado. Quizá habría que recurrir al pastor para explicar esto, y no podría hacerlo sino con grandes palabras. Pero lo que me vino al espíritu tan claro como el día, mientras velaba a Bessy Fawkes—siempre se me ocurren estas cosas cuando comparto las penas de mi prójimo, y que comprendo que no puedo hacer mayor cosa por él, ni aunque me levantara en medio de la noche—, lo que me vino al espíritu es que Aquel que está allá arriba tiene un corazón más blando que el mío; porque yo no podría de ningún modo ser mejor que Aquel que me ha creado, y si hay cosas que me es difícil entender, es porque hay otras cosas que ignoro. A este respecto, hay sin duda muchas que me son desconocidas. Lo que sí es muy poco seguramente. Así es que mientras pensaba en esto, os presentasteis a mi espíritu, maese Marner, y entonces todo lo que voy a decir entró, de golpe: si yo he sentido en mí misma lo que hubiera sido justo y razonable para con vos, y si oraron y echaron a la suerte, todos, excepto aquel malo, si esos, digo, estuvieron dispuestos a hacer por vos lo que era justo en el caso en que lo hubieran podido, ¿no debemos contar con Aquel que nos ha creado, visto que sabe más que nosotros y tiene mejores intenciones? De esto es de lo que estoy segura; el resto es para mí una cuestión complicada cuando pienso en ello; porque vino la fiebre y se llevó mis hijos grandes y me dejó los más débiles; hay los miembros rotos; hay aquellos que, queriendo obrar bien y no beber con exceso, tienen que sufrir a causa de los que son diferentes. ¡Oh! ¡hay penas en este mundo, y hay cosas que jamás las podemos entender! Todo lo que podemos hacer es tener confianza, maese Marner, y cumplir con nuestro deber, tanto como nos sea posible. Ahora bien: si nosotros que ignoramos tantas cosas estamos en condiciones de darnos cuenta de que existen algún bien y alguna justicia, estemos seguros de que hay más bien y más justicia de las que somos capaces de concebir: y siento en mí misma que no puede ser de otro modo. Y si hubierais podido seguir teniendo confianza no hubierais huido de vuestros semejantes, maese Marner, y no hubierais sido abandonado hasta este punto.
—¡Ah, pero, sin embargo, eso hubiera sido difícil!—dijo Silas con voz baja—; hubiera sido difícil tener confianza entonces.
—No cabe duda—dijo Dolly casi con contrición—que es más fácil decir estas cosas que hacerlas, y casi me da vergüenza hablar de ellas.
—No, no, señora Winthrop—dijo Silas—, tenéis razón. Existe algún bien en este mundo, ahora lo comprendo; y esto nos convence de que hay más del que podemos pretender, a pesar de los disgustos y la maldad. Esa costumbre de echar a la suerte es obscuro, pero la niña no ha sido enciada; hay designios, sí, hay designios a nuestro respecto.
Este diálogo tuvo lugar en tiempo de los primeros años de Eppie cuando Silas tenía que separarse de ella dos horas por día para que fuera a aprender a leer con la maestra de escuela. Había tratado en vano de guiar él mismo los primeros pasos de su hija adoptiva para la instrucción. Ahora que era grande, Silas había tenido ocasión a menudo, en esos momentos de apacible confidencia que se presentan a las personas que viven juntas en un afecto perfecto, de hablar también del pasado con ella; de decirle cómo y por qué había vivido solo hasta que ella fuera enviada. Aun cuando se contara con la reserva más delicada respecto de este punto de parte de las comadres de Raveloe en presencia de Eppie, las preguntas que ésta hiciera al crecer, relativamente a su madre, no hubieran podido ser evitadas sin enterrar por completo el pasado y establecer entre sus corazones una separación dolorosa.
Así es que Eppie sabía desde hacía tiempo cómo su madre había muerto sobre la tierra cubierta de nieve, y cómo ella misma había sido encontrada junto al hogar por su padre Silas, que había creído que los rizos de oro eran sus guineas que le habían devuelto. El efecto tierno y particular con que Eppie habíase criado bajo sus ojos, en una intimidad casi inseparable, ayudado por la soledad de su habitación, la había preservado de la influencia perniciosa de las conversaciones y de los hábitos de las gentes de la aldea. Este afecto le había conservado en el alma esa frescura que se considera a veces, pero erróneamente, como una cualidad esencial de la rusticidad.
El amor perfecto encierra un perfume de poesía que puede ennoblecer las relaciones de los seres humanos menos cultivados, y Eppie estaba rodeada por ese perfume desde el día en que había seguido el brillante rayo de luz que la guió hasta el hogar de Silas. No hay por qué sorprenderse si, bajo otros aspectos, sin hablar de su belleza delicada, no era por completo una aldeana común y poseía asomos de elegancia y un calor de alma que no eran sino los frutos naturales de sus sentimientos de pureza cultivados por el cariño. Era demasiado niña y demasiado ingenua para que su imaginación se extraviara en preguntas respecto de su padre desconocido. Durante mucho tiempo ni aun se la había ocurrido que debía tener un padre. La idea de que su madre debía de haber tenido un marido sólo se le presentó al espíritu el día en que Silas le mostró el anillo que había sido quitado del dedo de la muerta y cuidadosamente guardado por él en una caja de laca barnizada que tenía la forma de un zapato. Había confiado aquella caja al cuidado de Eppie cuando ésta fue grande y ella la abría con frecuencia para mirar el anillo; pero, a pesar de esto, casi no pensaba en el padre de que aquella sortija era símbolo. ¿No tenía acaso uno a su lado que quería más de lo que todos los padres verdaderos de la aldea parecían querer a sus hijas? Por el contrario, la cuestión de saber quién era su madre y cómo ésta había llegado a morir en semejante abandono, preocupaba a menudo su espíritu.