—Y vuestras hijas los aman más que ustedes, interrumpió Marenval.
Harvey sonrió.
—Es cierto, dijo. Los franceses son amables, finos, bien educados… No tienen más que un defecto; el de amar demasiado á su país… Ellos no van bastante á los demás países, y hay que venir al suyo… No digo esto por el señor de Tragomer, que es un viajero infatigable. Pero, usted, Marenval, con su fortuna, ¿por qué no viaja usted?
El defecto capital de Marenval era la vanidad. No pudo pues privarse del placer de deslumbrar á Harvey, y dijo, sin calcular el alcance de sus palabras:
—Pues bien, será usted complacido, Harvey, porque voy á hacer un viaje á ultramar con Tragomer…
No terminó, porque la mano de Cristián, le apretó fuertemente el brazo. El conde de Sorege, que estaba fumando con beatitud sentado en un sillón, sin que pareciese prestar atención á lo que se hablaba, se levantó y se aproximó al grupo del que Harvey era el centro. El ganadero, interesado por la noticia de Marenval, preguntó:
—¿Y dónde irán ustedes, si no es indiscreción?
Marenval permaneció mudo y Tragomer se encargó de las explicaciones.
—Tenemos el proyecto, Marenval y yo, de hacer una expedición al
Mediterráneo. Llegaremos hasta Smirna y volveremos por Túnez y Argel.
—Sí, dijo Harvey con indulgencia, es un bonito viaje para empezar. Se conoce que el señor de Tragomer quiere ahorrar molestias á Marenval ¿Se marea usted?