—¡Um!… dijo Marenval con acento de duda.
—Los pintores que los han hecho son conocidos y hay todavía personas que se los vieron pintar.
—¿Y sus Rembrandt y sus Hobbema de usted, quién los garantiza? replicó
Marenval con ironía. ¿También se les ha visto hacer?
—Los franceses sois incrédulos, dijo Harvey con calma. Yo he comprado mis cuadros y cuando hayan estado treinta años en mi galería y los hayan visto todas las personas que me conocen, nadie dirá, si quiero venderlos, que puedan ser falsos, pues saldrán de mi casa y yo soy muy conocido.
—El razonamiento, dijo Tragomer, no deja de ser justo. El pabellón da valor á la mercancía. Hay cuadros, pagados muy caro, que no han tenido más mérito que el nombre del coleccionador.
—Ustedes se burlan de los americanos, continuó Harvey, porque somos espíritus sencillos; nos consideran ustedes casi como salvajes, que bailan cuando se les enseñan unas cuantas bolas de cristal pintado. Hay algo de verdad en ese juicio, pero nuestra sencillez pasará. Nos formaremos y el día en que lleguemos á conocer nuestras propias fuerzas, prescindiremos de Europa y nos fabricaremos nosotros mismos nuestros cuadros falsos. Desde hace veinte años hemos hecho progresos considerables y cada vez nos perfeccionamos más. Ya les enviamos á ustedes cueros, maderas, máquinas, caballos, trigo, y acabaremos por enviárselo todo.
—¡Y quién sabe si también cañonazos! dijo con acritud Marenval.
—¡No lo quiera Dios! respondió Harvey. Seríamos unos hijos ingratos y despreciables, pues todo se lo debemos á las naciones de Europa, que nos han creado, y especialmente á Francia, que nos ha dado la libertad.
—¡Es una noble respuesta! dijo Tragomer.
—En América estimamos á los franceses.