—La verdad es que Marenval me anima, dijo Tragomer con descuido. Por mi gusto hubiera descansado todo el invierno. Diga lo que quiera M. Harvey, la locomoción intensiva durante un año es muy fatigosa. Pero descansaremos en las costas cuando queramos. Seguramente estaremos en los puertos más tiempo que navegando. Y acaso llevemos con nosotros algunos amigos… Yo he pensado en Maugirón. Con él estaríamos seguros de comer bien; él se ocuparía de eso.

—Entonces, dijo Sorege, si vamos á Niza y á Mónaco, ¿encontraremos á ustedes?

—Seguramente, amigo mío y si usted quiere ir á encontrarnos en Marsella, tendremos mucho gusto en llevarle por mar dentro de quince días.

Al oir esta proposición la fisonomía de Sorege se tranquilizó. Movió la cabeza y dijo en tono cordial:

—Agradezco á ustedes vivamente su amabilidad, pero no puedo alejarme de París. Miss Harvey extrañaría con razón mi partida y yo no tendría gusto alguno en marcharme. Seguiré á ustedes, pues, con el pensamiento.

—Entretanto, amigo mío, interrumpió Tragomer, que temía verse descubierto por su astuto interlocutor, va usted á presentarme á miss Maud Harvey como ha prometido…

—Con muchísimo gusto, á menos que M. Harvey no desee hacer él mismo esa pequeña ceremonia… Como navegante le debe á usted toda clase de deferencias…

—Sí, por cierto, dijo flemáticamente el americano. Creo, señor de
Tragomer, que á mi hija le gustará conocer á usted…

Pasaron al salón, donde la señora de Weller, en el centro de un grupo de señoras, estaba haciendo funcionar un admirable fonógrafo que acababa de recibir de América. El aparato era la última palabra del progreso y reproducía exactamente las voces humanas y los sonidos de los instrumentos. Una cuadrilla de indios cantaba una canción semi-salvaje que hacía entonces furor en todas las poblaciones americanas y bailaban una danza desordenada. Todo estaba exactamente reproducido, hasta las pisadas epilépticas de los bailarines y los aullidos de entusiasmo de los espectadores.

—Ahora, si ustedes quieren, dijo la dueña de la casa, oirán á la Patti y á Mac-Kinley…