—¿Y usted, conde, no las ha vuelto á ver?
—Nunca.
Miss Harvey se quedó un instante pensativa. Después dijo, con una expresión de melancolía que contrastaba con su habitual vivacidad:
—La suerte de esas pobres mujeres es de lo más triste que se puede soñar. ¿Siguen creyendo en la inocencia del joven?
—Siempre.
—¿Y no hacen nada?
—¡Qué quiere usted que hagan?
—¡Si yo estuviera en su lugar haría algo! No es admisible el estarse llorando y meditando en un rincón cuando se ha cometido una injusticia. Yo, señor de Tragomer, si uno de mis hermanos hubiera sido víctima de una maquinación semejante, no hubiera tenido ni un instante de descanso hasta hacer proclamar su inocencia; hubiera gastado para ello mis fuerzas, mi inteligencia y mi fortuna, pero no hubiera dejado al inocente en presidio aunque tuviera que arrancarle de él á la fuerza con una cuadrilla de filibusteros…
Á estas últimas palabras Sorege prorrumpió en una carcajada que produjo un ruido falso. Su mirada pasó por los entreabiertos párpados hasta fijarse en la cara de Tragomer para estudiarla con inquieto cuidado.
—Usted es, dijo, una verdadera amazona, miss Maud… Pero esas cosas no se hacen tan cómodamente como usted cree. Para guardar á los penados hay buenas tropas, sólidas fortificaciones y rápidos navíos que recorren las costas.