—¡Quisiera creerlo! dijo Sorege con voz sorda.
—Tiene usted menos sencillez de espírtu ó menos indulgencia que el señor de Tragomer, porque él admite la inocencia de su amigo.
El conde inclinó la cabeza con tristeza.
—Tragomer tiene muchas razones para querer que Jacobo sea inocente; por eso afirma lo que desea…
—¿Qué razón es puede tener que usted no tenga? Era amigo de aquel desgraciado como usted, no más.
—¿No ha dicho á usted entonces los lazos que le unían á la familia
Freneuse?
Miss Maud fijó en Tragomer su clara mirada. El joven se sonrió.
—Es verdad; la señorita de Freneuse era mi prometida cuando ocurrió la catástrofe que echó por tierra todos nuestros proyectos. ¡Oh! Confieso que fué por mi culpa… No tuve constancia ni firmeza para desafiar y despreciar la opinión pública y sufrí débilmente la influencia de cobardes consejos. Me alejé un poco de esas desgraciadas señoras y cuando volví hallé la puerta cerrada y los corazones llenos de desdén… Por eso he paseado por el mundo entero mi tristeza durante diez y ocho meses, sin lograr calmarla. Aquí tiene usted mi historia, que es la de todos los amigos de Jacobo de Freneuse, y ahora comprenderá usted porqué á Sorege le es desagradable hablar de este asunto.
—Le hubiera agradecido que me confesase la verdad, como agradezco á usted mucho su franqueza… Comprendo la resolución de la hermana de aquel desgraciado… Yo no perdonaría nunca una falta de valor moral… Me explico que se tenga miedo delante de un tigre ó de un león. Es un efecto físico que no se puede razonar, pero creo que sería inexorable para un desfallecimiento intelectual. Después de volver del viaje, ¿ha hecho usted alguna tentativa para ver á su antigua prometida ó á su madre?
—No, dijo sordamente Tragomer; sé que sería inútil…