Al hablar así miss Maud miraba al joven con una sonrisa violenta que daba á su cara expresión de desdén extraordinario. Sorege intervino con aire paternal.
—¿Pero hay que estar loco, miss Maud, para agradar á usted? No es justo sermonear á Tragomer por mi causa. ¿Por qué exigirle una sublimidad de que yo no le doy el ejemplo? Esta noche está usted de humor regañón, y en este caso aquí estoy yo para servir de blanco. Pero, por favor, que se salven los transeuntes.
Miss Harvey se echó á reir.
—Después de todo, conde, tiene usted razón, como decía su amigo, y él también la tiene. He hecho mal en ponerme agresiva.
—¡Los pueblos nuevos! dijo Sorege. Ya pensarán como nosotros, razas cansadas.
La joven ofreció la mano á Tragomer y le dijo con su amabilidad acostumbrada:
—Me he exaltado un poco; espero que me dispensará usted.
—Con mil amores, dijo el bretón; y con más motivo todavía, puesto que
Sorege es el que ha hecho el gasto.
Todos rieron y el mismo Sorege se dignó alegrar un poco su impasible fisonomía.
—Ahora, dijo la americana, no me interesa ya permanecer aquí y me voy.