—¡Es inútil que nos supliques; somos inflexibles Nos vamos, Marenval, nos vamos.
—Entonces, no hagáis el tonto, dijo Marenval con solemnidad. Las circunstancias, como veis, son graves. Dejadme amablemente con Tragomer. Y en recompensa…
—¡Ah! ¡ah! Un regalo! exclamaron las damas.
—¡Bueno! sí, un regalo, dijo Marenval. Mañana, en todo el día, recibiréis un recuerdo mío.
Las mujeres batieron palmas. La generosidad de Cipriano era conocida: el recuerdo sería de valor. Maugirón entonó, con la música de la marcha del Profeta:
—¡Marenval! ¡Honor á Marenval!
Y todos entonaron en coro el himno solemne hasta que el héroe de aquel homenaje les interrumpió diciendo:
—¡Silencio! Vais á hacer venir los comisarios del círculo. Sed razonables y marchaos con orden. Un beso y buenas noches.
Todas aquellas bonitas caras se aproximaron á los labios glotones de Marenval y se rozaron con su rudo bigote. Se cruzaron unos cuantos apretones de manos y la alegre cuadrilla pasó al salón inmediato para vestirse. Marenval cerró la puerta, y una vez solo con Tragomer, se sentó de nuevo, encendió un cigarro y dijo al joven:
—Ahora, podemos hablar.