Y levantando un revenque que tenía en la mano pareció dispuesto á poner de acuerdo sus actos con sus palabras. Los indígenas hicieron plaza al recién llegado y éste se encontró solo en presencia del jefe del puesto.
—¿Ha desembarcado usted del pequeño navío inglés; caballero?
—Sí, dijo Tragomer con un fuerte acento inglés, he desembarcado para todo el día. Quisiera visitar el establecimiento penitenciario…
—Hay que pedir permiso al gobernador.
—¡Ah! ¿Y dónde está el gobernador?
Con la habitual complacencia francesa, el sargento buscó con la vista al rededor y viendo un vigilante canaco que estaba holgazaneando sentado en el parapeto de la estacada, le gritó:
—¡Derinho! Vas á acompañar hasta el palacio á este señor extranjero… No encontrará usted al gobernador, caballero; está haciendo un viaje á bordo del aviso de guerra… pero le recibirá á usted su secretario… Si, son las tres y debe estar allí todavía… Si por casualidad se hubiera marchado, lléguese usted al café de la Cousine.
—Gracias, dijo sonriendo Tragomer, y no queriendo ofrecer dinero al digno sargento, sacó del bolsillo una petaca de paja de Manila y la presentó al jefe del puesto.
—Hágame el favor de aceptar un cigarro.
—¡Con mucho gusto!… ¡Cáspita! ¿Ha pasado usted, al venir, por la
Habana?