—Pase usted, dijo reapareciendo un momento después.
El secretario estaba medio echado en una butaca, con el chaleco desabrochado y la corbata deshecha. Al ver al visitante se levantó, indicó con mano negligente un sillón enfrente del suyo y con una cara que expresaba grande asombro, pues nadie iba á aquel país sin estar obligado, dijo:
—¿Á quién tengo el honor de hablar?
—Sir Cristián Fergusson, de Liverpool, y aquí tiene usted una carta del cónsul de Francia en Colombo que me recomienda á la benevolencia del señor Gobernador.
—¿El señor es inglés? dijo el secretario cogiendo el papel con amable indiferencia. Sí, no vemos visitantes si no son ingleses ó americanos. Los franceses no vienen jamás… Esos no viajan… ¿Para qué venir, por otra parte, á este endiablado país? ¡El establecimiento! ¡Los campos penitenciarios! ¡Bonito espectáculo! En fin, cada uno su gusto…
Echó una ojeada á la carta y continuó:
—Está usted haciendo un estudio comparativo del régimen penal de las naciones europeas… ¡Ingrato trabajo! Hay que ver de cerca á los penados, como nosotros los vemos, para darse cuenta del escaso partido que se puede sacar de ellos para colonizar… ¡Mal ganado, caballero, mal ganado! ¡Y difícil do conducir! Todos creen, al llegar aquí, que van á estar en Jauja. Los hay que están en las cárceles de Francia y matan para ser enviados á la Nueva Caledonia… Ven la colonia á través de sus sueños y cuando se encuentran con la realidad viene el desencanto. Aquí no gozan de una existencia de plantador ó de sibarita… ni con mucho. Creen que van á pasar el tiempo fumando en la orilla del mar, como parisienses de veraneo, y se sublevan cuando ven las cuadras, los dormitorios en que duermen encadenados, los vigilantes revólver en mano… ¡Oh! Cuando se portan bien, la administración es paternal con ellos. Se les admite en las oficinas, se dulcifica su suerte y se les hace casi dichosos… Pero ¿cuántos se hacen dignos de esos favores?… La mayor parte no tienen más que una idea: robar y escaparse…
El secretario tomó aliento. Su oyente le había escuchado con una atención que le halagaba, y ya se preparaba á proseguir, cuando Tragomer le preguntó:
—¿Son frecuentes esas evasiones?
—Muy frecuentes, pero casi siempre inútiles. Para que un penado se pueda escapar, es preciso que le recoja un navío. Tuvimos en otro tiempo la evasión de Rochefort con Olivier Pain, que se cita como una especie de leyenda. Pero es preciso gastar mucho dinero y tener cómplices fuera para que salga bien una tentativa semejante… Generalmente, los que se escapan se meten en las malezas y viven allí como bandidos corsos, hasta que los cogen los canacos ó se rinden ellos mismos… Su única probabilidad de salvación es apoderarse de una lancha y tratar de llegar á la Australia… Pero entonces corren el riesgo do morirse de hambre ó de que se los coman los tiburones.