—¿Y dónde se escapan más fácilmente?

—En la isla Nou… El último que nos jugó esa partida consiguió despojar de su uniforme al vigilante y atarle como un salchichón… Después se escapó en su lancha, pero se le alcanzó en el mar y fué preso… Es un antiguo sacerdote, condenado por atentado al pudor. ¡Oh! un buen punto… Le echaron encima cinco años de célula… Allí puede decir sus rezos á la sombra.

El secretario se echó á reír, pero se repuso ante la calma imperturbable de su interlocutor.

—¿Hay en este momento penados cuya conducta sea ejemplar y que merezcan los favores de que me hablaba usted hace poco?

—¡Ah! Ya veo que está usted haciendo averiguaciones serias, dijo el secretario, mirando con curiosidad á Cristián.

—Sí; voy á publicar un trabajo á mi vuelta á Inglaterra, en el Century-Magasine… y deseo reunir datos.

El secretario cogió un librote, lo hojeó y dijo:

—Tenemos en el almacén un antiguo notario condenado á veinte años por haber arruinado un pueblo entero de provincia… Nos presta muy buenos servicios… Aquí, en el hospital, hay un médico condenado á perpetuidad por haber envenenado á su querida… Estuvo admirable, hace poco tiempo, cuando la epidemia de viruela: sin su abnegación, no sé cómo hubiéramos salido del paso… Yo no quiero que me cuide otro médico cuando esté malo… Y la familia del gobernador forma parte de su clientela…

—¡Muy curioso! dijo Cristián. Verdaderamente francés!

—Amigo mío, contestó el secretario, no hay que andarse con prejuicios ante el peligro. Es mejor ser curado por un presidiario que morirse tratado por un santo.