—Yes. ¿Y hay otros?
—Sí; le indico muy particularmente un joven de buena familia condenado á perpetuidad por haber matado á su querida. Ha caído en un misticismo extraordinario, hasta el punto de edificar con su piedad al capellán. Si el señor gobernador le dejase libertad para ello y los reglamentos lo permitieran, se haría cura… Nos hemos visto obligados á separarle de los demás penados, que le colmaban de injurias y de malos tratamientos y hubieran acabado por matarle, tomándole por un espía destinado á denunciarles.
—¿Y cómo se llama ese hombre tan extraño?
—Se llamaba Freneuse. Ahora está matriculado con el número 2317.
Tragomer se estremeció, su cara se cubrió de palidez y su corazón se oprimió dolorosamente. Respondió, sin embargo, con calma:
—¿Me será posible ver al notario, al médico y á ese apóstol?
—Sí, si así lo desea usted.
—Creo que me será útil.
—Pues voy á dar á usted un permiso.
—Será usted muy amable.