El funcionario escribió unas líneas y dijo:
—Doy orden para que pongan á la disposición de usted la lancha de la administración; eso simplificará todas las formalidades. El patrón acompañará á usted.
—¡All right!
—Pero son las diez dadas. ¿Ha almorzado usted?
—No; no he hecho más que desayunarme esta mañana. Si quiere usted permitir á un viajero con el que ha sido usted tan complaciente, que le invite á almorzar, llegará al colmo de su buena hospitalidad… tan francesa.
—Realmente, soy yo quien debe hacer los honores…
—Me disgustaría usted, dijo Cristián sonriendo.
—Pues acepto.
Se puso la corbata, se abrochó el chaleco, cogió el sombrero y salió precediendo á Tragomer.
El mismo día, á las tres, la lancha de la administración, impulsada, por seis vigorosos pares de remos que manejaban otros tantos presidiarios, atracaba en la isla Nou, y Cristián, conducido por el patrón del barco, se dirigía al establecimiento penitenciario. En la muralla que rodea el campo de los penados se apoyaba un pequeño edificio en cuya puerta se leía, en letras negras y rojas, estas palabras: Pretorio disciplinario. Era el tribunal ante el que comparecían los indisciplinados para responder de sus fechorías. Un estrado y unos cuantos bancos guarnecían la sala, cuyas paredes estaban tendidas de cal.