—¡Cuidado! El vigilante puede oírnos, y todo se perdería… ¡Jacobo! ¡Mi pobre Jacobo! ¡En qué estado te encuentro! Mírame… que yo vea tus ojos… ¡Cómo has debido sufrir para llegar á esta delgadez, á este abatimiento!…
Le atrajo al ángulo más lejano de la sala, donde era difícil verlos é imposible oirlos desde fuera. Se sentaron en un banco y Tragomer cogió en sus brazos al pobre mártir y le estrechó contra su corazón riendo y llorando á la vez. Jacobo, sin embargo, trataba de desasirse, como avergonzado.
—¿No te causo horror? dijo con amargura. Mira mi traje y este número, que es ya mi único nombre, ¡Estás abrazando á un presidiario, Tragomer! ¡Bien sabes, sin embargo, que soy un asesino!
—¡No! Sé que eres inocente y acabo de navegar millares de leguas para decírtelo y para ayudarte á probarlo. Jacobo, bésame en la mejilla; la última boca que se ha posado en ella es la de tu madre.
—¡Mi madre! dijo Jacobo con extravío. ¿La has visto, vienes de su parte y me traes sus besos? ¡Oh! Cristián, he aquí un momento que me compensa de muchas penas… ¿Se habrá el cielo apiadado de mí? Pero no me escuches… ¿Qué importa lo que yo digo? ¿Qué puedo decirte? Mi vida se resume en la palabra desgracia. ¡Háblame! Tengo sed de oirte!…
—Los instantes que hemos de estar juntos son preciosos, Jacobo mío. He entrado aquí con nombre falso. Me creen inglés. Tengo un navío anclado en el puerto. Marenval, pronto y decidido á todo, me espera.
—¡Marenval! ¿De dónde viene ese celo imprevisto?
—De sus remordimientos por no haber hecho bastante por tu causa y de su deseo de reparar su falta.
—Pero ¿qué intentáis?
—Escucha. En el momento de la sentencia protestaste de tu inocencia con toda la energía de que eres capaz. Nadie te creyó. Los que más te amaban, pensaron que habías obrado en un momento de locura, pero con gran dolor suyo, tuvieron que privarse de defenderte. El asesinato era un hecho cierto, evidente, indiscutible.