—Sí, dijo Jacobo, pero no le había cometido yo. En la cárcel, durante la prisión preventiva, me cogía la cabeza con los manos y me volvía loco, porque, como tú dices, la evidencia me aplastaba. Y, sin embargo, yo sabía bien que era inocente. Cuando los testigos desfilaban delante de mí en la sala de audiencia, y todos probaban mi crimen; cuando el fiscal tomó la palabra para acusarme, yo me preguntaba si mi razón me había abandonado, porque todos decían cosas que yo no podía negar ni refutar y, sin embargo, sabía que era inocente. Mientras la notable defensa de mi abogado, yo comprendía que ninguno de los argumentos con tanta inteligencia aducidos por él llevaba la convicción á los ánimos, y oí mi sentencia sin asombro alguno. Sin embargo, era inocente. ¿Cómo se explica, Cristián, que se puedan producir iniquidades semejantes, que un desgraciado pueda ser entregado á los verdugos sin haber hecho nada para ser torturado, que se le insulte, que se le humille y que se le encadene, si no hay en su destino un castigo del cielo con el que ha sido ingrato? Nada ocurre en la vida sin que tenga una razón determinante; la dicha ó la desgracia se merecen por los esfuerzos hechos en el sentido del bien ó del mal. Yo nací bajo una influencia dichosa; la fortuna repartió en torno mío sus más preciosos dones, y yo, en vez de aprovechar esas influencias favorables para levantarme más y más, las usé para descender hasta la más horrible conducta. He afligido á los míos con mis caprichos y mis faltas. No puedo comprender esta catástrofe final sino como una expiación de mi mala vida. He meditado, he llorado, he sufrido y me he inclinado bajo la mano que me hiere, para merecer su misericordia por mi resignación.
—¿Así pues, has renunciado á toda esperanza de justificarte?
—¿Cómo probar hoy lo que no pude hace dos años? Para perderme se unieron mil circunstancias misteriosas. Tenía una deuda con el destino y la estoy pagando.
—¿Y si yo hubiera descubierto la trama misteriosa y criminal de esas circunstancias misteriosas?
—¿Sabrías tú lo que yo me maté inútilmente por saber?
—Lo sé.
—¿Cómo lo has descubierto?
—Por casualidad.
—¿Conoces al culpable?
—Todavía no, pero sé que no pudiste ser tú.