—¿Has descubierto al verdadero asesino de Lea Peralli?
—No lo he descubierto, por la sencilla razón de que Lea Peralli está viva.
Los ojos de Jacobo se pusieron fijos como si los atrajera una visión lejana y horrorosa. Movió la cabeza y dijo:
—La vi bañada en sangre. ¡Estaba muerta!
—Y yo la he visto llena de fuerza y de salud. ¡Estaba bien viva!
Una sombra de espanto pasó por la mente de Jacobo: el infeliz creyó que la locura venía de nuevo á asaltar su mente. Bajó la voz y dijo con terror:
—¡Cristián! ¿Estás seguro de no delirar? Tengo miedo por mi razón en algunos momentos. Los testigos, los jueces, todo el mundo ha estado de acuerdo. Yo estoy aquí con esta inmunda librea de presidiario porque Lea Peralli murió asesinada. ¿Qué significaría todo este rigor, toda esta infamia, si yo no tuviera que responder de un crimen cierto? ¿Qué formidable y monstruosa mistificación se habría cometido? ¿Y qué decir de los que se hubieran prestado á ella?
Se echó á reir sordamente; después sus ojos se llenaron de lágrimas. Bajó la cabeza, como para ocultar el llanto, y el movimiento acompasado de sus labios hizo creer á Cristián que estaba rezando.
—Jacobo, no puedo explicarte cómo ha sucedido todo esto, pero te afirmo que es cierto. Se ha cometido un error que no califico, porque me faltan palabras para ello, pero se ha cometido. Tu inocencia, en la que nadie ha querido creer, es cierta. Si se ha cometido un crimen no has sido tú el autor. Así lo he asegurado á tu madre y á tu hermana cuya desesperación he logrado apaciguar temporalmente. Así lo he declarado á uno de los magistrados que estudiaron tu causa, que te creía culpable y á quien he hecho dudar con mis afirmaciones. He probado tu inocencia á Marenval y ese escéptico, ese egoísta, ha sido presa de tal entusiasmo que ha fletado un navío, ha dejado sus placeres, y ha atravesado los mares desafiando peligros, fatigas y responsabilidades para acompañarme hasta ti. Y cuando llego á decirte que el crimen por el que estás condenado no se ha cometido, ¿serás tú el único que no quiera creerme?
—¡Pero se ha cometido un crimen! exclamó Jacobo con espanto. Veo todavía aquella mujer muerta, con su cabello rubio y su cara ensangrentada é informe…