—¡Informe!

—¿Quién era aquella mujer, si no era Lea?

—Eso es lo que vengo á preguntarte.

El presidiario se torció las manos, angustiado por su ignorancia, que él creía mortal.

—¡No sé! ¡No puedo saber! ¿Cómo quieres que sepa? ¡Oh! Me estás atormentando… Déjame en mi abyección y en mi rebajamiento… ¿Á qué querer remontar la corriente? ¡Estoy perdido sin apelación! El destino no cambia. Soy un desgraciado víctima de fatalidades inexplicables y en vano tratarás de arrancarme á mi suerte. No me revoluciones el pensamiento con esperanzas irrealizables. Déjame: no espero más que el reposo y el olvido de la muerte.

—¿Á tal abandono de ti mismo has llegado? exclamó Tragomer. ¡Qué! el efecto de la miserable condición en que vives hace dos años ha sido tan rápido y tan completo que renuncias á justificarte y á confundir á los culpables?

—Tú no sabes, Cristián, las torturas mortales que he padecido. ¡Todo me es indiferente ya!

—¿Hasta ver á tu madre y á tu hermana?

—¡Oh! no… Eso solamente, eso es lo que deseo. ¿Pero cómo lograr esa dicha? Soy un presidiario. Por muy benévolos que sean mis carceleros, no puedo esperar la libertad antes de años y años, y aun entonces no podré volver á Francia. Sería, pues, preciso que mi madre y mi hermana viniesen aquí y cuando ahora no han venido contigo es que juzgan que es imposible y no lo harán jamás. Ellas y yo moriremos sin habernos vuelto á ver. Eso es lo que me desgarra el corazón, Cristián; acepto mi miserable suerte, me resigno á sufrir, pero no á que sufran los que amo.

Dejó caer la cabeza hasta las rodillas y así, con el cuerpo enflaquecido, encorvado en su sayal de tosco lienzo, se echó á llorar como un niño. Al oir ese ruido el vigilante apareció en la puerta y viendo á Tragomer sentado con el preso, que lloraba á lágrima viva, dijo: