—¡Ah! ¿Está contando su historia y eso le conmueve? No es mal muchacho, aunque haya dado un mal golpe… Si todos aquí fueran como él, nuestro oficio no sería duro… Se podría tener humanidad… Pero la mayor parte, milord, son buenos mozos que le matarían á uno si no tuviera el revólver en la cintura… ¿Se cansa usted de hablar con él? Me le llevaré…

—Un instante, dijo Tragomer con calma. Ha logrado conmoverme y quiero conocer el fin de su aventura…

—Como usted guste.

Y el vigilante encendió un cigarrillo y fué á sentarse en la sombra para esperar al visitante.

—Ya ves, Jacobo, que tenemos los instantes contados. Voy á tener que dejarte y nada te he dicho de nuestros proyectos. Si esperas aquí que se pruebe tu inocencia, pueden pasar años. Tu madre puede morir sin haberte visto y tú mismo puedes desaparecer. Además es imposible que establezcamos las verdaderas responsabilidades y que desembrollemos la maraña de pruebas enredada al rededor de tu cabeza, si no estás á nuestro lado para trabajar y guiarnos. La obra emprendida será lenta y más lenta todavía la justicia. Hay que obrar y adelantarnos á ella atrevidamente.

—¿Qué has soñado? preguntó Jacobo con estupor.

—Que te escapes.

—¡Yo!…

—Si… No debe ser difícil… Tú gozas, según me han dicho, de una libertad relativa. Trabajas y duermes en un edificio que depende de las oficinas… ¿Á qué hora de la noche te encierran?

—No puedo decirte nada, contestó Jacobo con rudeza. Me tientas en vano… No quiero escaparme.