—¿Rehusas la libertad?
—No quiero tomármela.
—¿Crees que te la darán?
—Si tienes las pruebas de mi inocencia, intenta la revisión del proceso…
—¡Qué! ¿No comprendes que nos estrellaremos contra todas las dificultades acumuladas por tus enemigos, y que tenemos que contar con la mala voluntad de la justicia? Empieza por huir; después probaremos que no eres culpable, te empeño mi palabra…
Jacobo alzó la frente. En las frases de su amigo, le habían conmovido dos palabras: tus enemigos. Hasta entonces había acusado de su infortunio á la casualidad y la oscuridad impenetrable que rodeaba su pensamiento había contribuído á apaciguarle. El misterio, que al principio le exasperaba, fué después una causa de resignación. Pero, de pronto, Tragomer arrojaba en su espíritu una levadura inesperada y su calma se veía turbada por una repentina fermentación. ¡Sus enemigos! Quería conocerlos y una ardiente curiosidad reemplazó á su indiferencia envilecida.
—¿Crees que mi pérdida ha sido preparada por personas que tenían interés en hacerme daño?
—No me cabe duda.
—¿Las conoces?
—Sospecho que sí.