—Dime sus nombres.
Tragomer vió en los ojos de su amigo que la vida moral renacía en él.
Jacobo de Freneuse empezaba á reaparecer.
—Si te nombro al que sin duda alguna urdió toda la intriga, te vas á estremecer de horror ante una acción tan baja y tan cobarde de un ser con el que tenías derecho á contar, que no ignoraba nada de tus pensamientos ni de tus acciones y que estaba seguro de perderte, por lo mismo que habías confiado completamente en él. Figúrate otro yo; imagina que has sido vendido por otro Cristián, y si buscas tan cerca de tu corazón, encontrarás al hombre que buscas.
La fisonomía del desgraciado tomó una expresión terrible; sus ojos se agrandaron como si vieran un espectáculo aterrador, sus manos temblaron al levantarse hacia el cielo y en un grito inconsciente lanzó este nombre:
—¡Sorege!
Tragomer sonrió con amargura.
—¡Ah! No has vacilado; no podía ser otro. Sí, el sensato y cauteloso
Sorege es el que ha vendido y deshonrado á su amigo…
—Pero ¿por qué, exclamó en tono de furiosa protesta el desgraciado; ¿por qué?
—Eso es lo que le preguntaremos á él mismo y lo que tendrá que confesarnos, te lo juro, cuando lo cojamos los dos por nuestra cuenta. He visto ya su palidez y sus temblor cuando comprendió que yo sospechaba su infamia. Si entonces no hubiera temido descubrirle mis proyectos, le hubiera confundido, porque podía hacerlo. Pero en eso caso se hubiera escapado y tú no podrías salvarte. Le tranquilicé, por el contrario, y le dí una falsa pista para conservar mi libertad de acción. Si Sorege se pusiera en guardia, sus cómplices serían advertidos y las pruebas desaparecerían. Ahora comprendes, Jacobo, que es preciso que salgas de aquí sin tardanza. La ocasión es admirable. Tenemos un navío á nuestra disposición. Mañana podemos darnos á la mar y esa es la salvación, la libertad y la rehabilitación.
—¡Me vuelves loco! exclamó dolorosamente el penado. Tantos pensamientos nuevos y tan repentinos en un pobre cerebro entumecido y cansado, es un sufrimiento atroz. ¿Qué hacer? ¿Desperdiciar en un momento las pruebas de cordura y de resignación que he logrado dar?… ¿Exponerme, si me cogen, á pasar por un hipócrita y un embustero? ¡Tragomer, no puedo!… Abandóname á mi destino…