—Jacobo, si no vienes de grado, te robaré por fuerza, dijo Cristián con terrible resolución. Estoy dispuesto á todo. He jurado á tu hermana que te devolvería á su cariño… ¿Comprendes? á tu hermana María, á quien amo y que no será mía si no te salvo… No se trata solamente de ti, sino de mí mismo, y yo sé lo que quiero y lo que debo hacer. Vendré al frente de mis hombres y te arrebataré á mano armada, si á ello me obligas. Arriesgaré en esta lucha mi vida y la suya, pero les pagaré lo que haga falta y no vacilarán… ¡Decide!

—Pues bien, te obedezco, dijo Jacobo con repentina resolución. Para evitar tantas desgracias, me expondré yo solo al peligro… ¡Pero, qué riesgos! Salir de aquí no es nada… Un traje para que no sea reconocido fuera del campo…

—Te llevaré á un sitio convenido un traje como los de nuestros marineros.

—Será preciso que gane la playa y que espere la noche para que venga á buscarme la embarcación.

—Estaré contigo… Yo no te dejo.

—Pero la barca no podrá abordar sin ser descubierta, y habrá que ir á buscarla á nado… ¿Tendré yo la fuerza suficiente?

—Yo te sostendré… y te llevaré si es preciso.

—¿Y los tiburones? ¿Has pensado que pululan por estas costas y que hay cien probabilidades contra una de ser devorado por ellos? Son los mejores guardianes de la isla y la administración lo sabe bien… Apenas vigila el mar, tan peligrosa es la evasión.

—Nos aprovecharemos de esa confianza… y en cuanto á los tiburones, los desafiaremos… Quinientos metros, ó menos, á nado… Además, iremos armados y la lancha de vapor vendrá en un momento á nuestro socorro.

—Pues bien, sea lo que Dios quiera… Hasta mañana, pues… Vete, no despertemos sospechas, ya que la resolución está tomada… Separémonos.