—La triste verdad. He necesitado casi amenazarle para decidirle á escapar.

Marenval hizo un gesto de asombro.

—¿Habremos llegado tarde? ¿No tendrá ya la fuerza y la energía necesarias para evadirse?

—Tiene fuerza. Lo que le faltaba era la voluntad.

—¿Prefería quedarse?

—Sí. Estaba bajo la influencia de no sé qué ideas de resignación fatalista; tenía horror á la lucha, al esfuerzo. La acción le espantaba. Hubo un momento en que creí que su razón había volado… Esa espantosa existencia es muy á propósito para quebrar los caracteres más enteros; cuanto más fino es el temple de un alma, más rápidamente es destruída por semejantes pruebas… He tenido que revelarle la traición de Sorege para hacerle entrar en posesión de sí mismo… ¡Oh! Entonces sí saltó de furor y gritó de desesperación… De este modo me apoderé de él.

—¿Qué han resuelto ustedes?

—El plan más sencillo es siempre el mejor. Mañana le llevaré una blusa, un pantalón y una boina de marinero. Me quedaré por la noche, bajo pretexto de visitar el interior de la isla por la mañana temprano, y ayudaré á Jacobo á llegar á un punto de la costa, donde esperaremos la oscuridad ocultos en las quebraduras de las rocas. Entonces vendréis con la chalupa de vapor á pasar por la isla, lo más cerca posible, en cuanto cierre la noche, lo que es aquí obra de algunos minutos… Nosotros nos echaremos al mar y llegaremos á nado á la embarcación. Si grito, forzaréis la velocidad hacia nosotros, pues será que estemos en peligro. En pocos instantes se decidirá nuestra salvación ó nuestra pérdida.

—¿Y el navío?

—El navío pedirá sus papeles mañana y pasará la visita, de modo de levar anclas á las siete de la noche. Es preciso que le encontremos á la altura de la isla Nou en condiciones de dar en un momento el máximum de velocidad. Podríamos ser perseguidos… Hay un vapor en la rada y si da la alarma, se nos dará caza en un instante.