—Seguramente.
Llegaron al muelle donde los remeros dormían en la lancha, expuestos al sol y mecidos por la ola ligera que iba á morir al pie de la escalera. El vigilante dió un agudo silbido con un pito colgado al uniforme, y los penados, turbados en su sueño, se incorporaron con los ojos asombrados y las caras lívidas.
—Puede usted embarcar, milord. ¡Adelante!
La embarcación hendió con su proa las aguas de la bahía, mientras Tragomer, perdido en sus pensamientos, se dejaba mecer por el movimiento acompasado de los remos al hundirse en el mar.
Una hora después Cristián subía con ligereza la escala del yate y saltaba al puente por la cortadura… Marenval, imposible de reconocer con su traje de franela blanca, gorra marina con galones de oro, tez curtida y barba descuidada, se lanzó al encuentro de su amigo y llevándole á la popa, bajo una toldilla de lona que abrigaba al puente de los rayos del sol;
—¿Y bien? preguntó con ansiedad. ¿Le ha visto usted?
—Acabo de dejarle.
—¿Todo está arreglado?
—¡No sin trabajo!
—¿Que me cuenta usted?