—¿Dónde habita?

—Ahora le enseñaré á usted el sitio. Es al lado del capellán, en un pabellón que sirve de depósito de cordelería… El olor del cáñamo es sano y está bien allí… Y, después, puede hablar con el capellán… ¡Oh! Ese es su gran recurso y parece que tiene ideas muy extrañas… Un poco chiflado, como usted dice… Ahí tiene usted su chirívitil…

Tragomer se detuvo.

—Bueno; iré á visitarle mañana, pues vendré á ver también al médico y al notario…

—¡Ah! ¿Los Monthyons? dijo riendo el vigilante.

Y al ver la mirada de extrañeza de su interlocutor, continuó:

—Los llamamos así porque podrían concurrir al premio de virtud si se diera aquí como en París… ¡Una broma, milord! Sí, son las personas honradas del presidio…

—Volvamos á Numea, dijo Tragomer. Mañana vendré á la misma hora…
¿Habrá que pedir nuevo permiso?

—Es indispensable, aunque ya es usted conocido

—¿Y usted me acompañará?