Caía la noche. Los fuegos de la isla Nou se encendieron poco á poco en la bruma transparente que se extendía por el mar, y, en lontananza, se dibujó la forma del presidio, de los campos y de los almacenes, contorneada por los faroles que los alumbraban. En aquella rada silenciosa, en medio de la oscuridad rápidamente caída sobre las ondas, aquel cuadro de presidio revelado por las luces que servían para vigilar á sus míseros habitantes, infundía en el pensamiento de los dos amigos, una profunda tristeza. ¡Cuántos dolores, cuántas penas y cuántas cóleras fermentaban en aquella ciudad del crimen y de la vergüenza! Bajo el cielo límpido y tachonado de estrellas, parecía que flotaba un grito de odio y de venganza. Y dentro de aquella tranquilidad, y de aquella atmósfera tibia y serena, unos hombres, verdaderos condenados, maldecían la vida que se arrastraba para ellos en el sufrimiento y la miseria, sin esperanza.
VII
El vigilante enseñó á Tragomer la cordelería y le dijo:
—Ahí tiene usted la casa. Si quiere usted entrar, voy á llamar á nuestro párroco…
Cristián se volvió hacia un marinero que le seguía y le dijo en inglés:
—Entre usted conmigo, Dougall.
El marinero, que llevaba al hombro una cajita de madera, tocó la boina con la mano y se disponía á entrar, cuando el centinela le detuvo diciendo:
—Tiene usted que dejar fuera la caja. No se puede entrar nada en los edificios, sin autorización.
—La traemos, dijo el vigilante sacando un papel del bolsillo.
El marinero entró detrás de Tragomer en la barraca, donde sentados en el suelo y con la espalda contra la pared, unos presidiarios estaban trabajando en gruesas y duras maromas embreadas. Todas las cabezas se levantaron con curiosidad y las manos, doloridas por el trabajo, se detuvieron. Aquel rebaño humano dejó oir un gruñido, pero á la vista del vigilante que cerraba la puerta, se produjo un silencio medroso. Los tres hombres atravesaron un patinillo contiguo á las células de castigo y vieron á través de la reja un espectáculo conmovedor. Un desgraciado con la cabeza cubierta con un capuchón por cuyos agujeros lucían sus ojos, estaba dando vueltas al rededor del patio, como una bestia feroz. Andaba lentamente y su cadena sujeta encima de la rodilla preducía un chirrido lúgubre. Enmascarado, solitario, silencioso, aquel hombre daba espanto.