—¿Qué hace ahí ese hombre? preguntó Tragomer al vigilante.

—Se pasea durante media hora. Después volverá á entrar en su calabozo.
Es un escapado que fué cogido y le han condenado á dos años de célula.
No ve ni habla á nadie y vive en un nicho de tres metros de largo y uno
de ancho.

—¡Un in pace! murmuró con horror Tragomer. Esta es la suerte que aguarda á los desgraciados que traten de escaparse…

—¡Ah! milord, si no se les tratase con dureza no habría medio de entenderse…

—Y, sin embargo, es natural que un preso trate de fugarse.

—Es natural, pero eso nos produce muchas molestias. Por eso no somos blandos con los que tratan de abandonarnos.

El solitario, metido en su capuchón, daba vueltas y vueltas. Cristián se estremeció pensando que si Jacobo volvía á caer en manos de sus guardianes le estaba reservada igual suerte, é instintivamente palpó en su bolsillo el revólver que había puesto en él antes de salir. La muerte era mil veces preferible al suplicio de aquel emparedado que no salía de su tumba de piedra sino para dar vueltas velado, sin que los rayos del sol ni la brisa del cielo pudieran tocarle la cara.

Pasaron por una fragua donde algunos presidiarios estaban martillando en el yunque las esposas y las cadenas que iban á servir para sujetar á sus compañeros de miseria. Después llegaron á una puerta sobre la que se leía: Oficina auxiliar de las subsistencias.

—Aquí es, dijo el vigilante.

En una pequeña pieza amueblada con una mesa y dos bancos, Jacobo de Freneuse estaba copiando en un registro unas notas amontonadas delante de él. Levantó la cabeza y se sonrojó, al ver á su amigo, pero permaneció en su sitio, pluma en mano, esperando la orden del vigilante.