—Puede usted dejar el trabajo mientras el señor esté aquí… Aquí tiene usted los libros que está autorizado para traerle…
El marinero abrió la caja y sacó una biblia, un libro de viajes y unos paquetes de tabaco.
—Creo que querrá usted aceptar estos cigarros, dijo Tragomer al vigilante; no los hay así en la colonia. En cuanto al tabaco, ruego á usted que se lo deje á este pobre muchaobo.
—Dé usted las gracias, 2317. Ahí tiene usted para varios meses, si no se lo deja robar por los camaradas… ¡Vamos! Tiene usted suerte; todos los visitantes no son tan generosos…
—Señor, muchas gracias, dijo humildemente el penado.
—Milord, cuando usted quiera marcharse, le espero en la lancha… Usted no se perderá ya en el camino y yo tengo necesidad de ver al comandante, que vive al otro lado del presidio… Tardaré una hora.
—Tómese usted el tiempo necesario… Yo no saldré hasta la hora reglamentaria…
—Á las seis… Ya estará oscuro.
—Que se vaya con usted el marinero. Váyase, Dougall, y que no se cambien en nada mis disposiciones.
El marinero saludó y siguió de cerca al vigilante. Tragomer los siguió con la vista desde la puerta y observó que no tomaban el camino por el que habían entrado, por lo cual no debían pasar, al salir, por delante del centinela. La suerte se decidía en favor de Jacobo. Una vez cerrada la puerta, Cristián se precipitó sobre su amigo y dijo, mirándolo hasta el fondo del alma: